Cruzó el océano en un velero. Historia de una mujer de mar.
Hace diez años, después de la desaparición de sus padres, Sophie Chacoux resolvió que ya nada la ataba a seguir viviendo en tierra. Vendió la casa familiar, en Francia, y salió en busca de un nuevo hogar más a su medida. Así dio con el Enomís, un velero oceánico de 11 metros, y desde entonces casi no se ha bajado de él. No tiene las comodidades de su antigua vivienda, pero en compensación la vista que le ofrece es siempre distinta. Por estos días es la del arroyo Doña Flora, en Ensenada, a la que llegó tras cruzar el Atlántico sola.
Hija de un oficial superior de la marina francesa, y tras haber pasado buena parte de su infancia en una base naval del Pacífico sur, para Sophie lanzarse al mar en su barco no fue algo que tuviera que meditar demasiado. "Fue algo natural", asegura mientras comparte el mate con amigos argentinos en el cockpit del Enomís, amarrado en el astillero Mome.
En un español entusiasta que mezcla por momentos con frases en portugués, Sophie aclara sin embargo que, pese a su afinidad con el mar, le tomó seis años prepararse para cruzar el Atlántico.
"Después de haber comprado el Enomís me instalé un tiempo en las Islas Canarias para equiparlo y reunir experiencia. Cada vez que conseguía incorporarle equipamiento nuevo, salía a probarlo por los alrededores", cuenta.
"Recorrí durante años las Baleares, las Azores, Madeira y la costa de Marruecos hasta que el barco estuvo preparado y sentí que había reunido la experiencia suficiente para cruzar el Atlántico", dice.
Aventurera por naturaleza y políglota, no tuvo dificultades para ganarse la vida mientras preparaba su travesía. "En mi vida hice un poco de todo -dice-, después de estudiar medicina cuidé personas con lepra en un hospital de Gabón, África; trabajé con los pigmeos para una empresa maderera en la selva gabonesa; estuve a cargo del marketing de un hotel Sheraton en la Costa de Marfil y fui guía turística en la Isla de Madeira... Cuando llegó el momento me convertí en periodista free-lance para revistas náuticas, mi ocupación hasta el día de hoy".
"No necesito tener grandes ingresos; en el barco lo tengo casi todo", da a entender. Un panel solar y un generador eólico la proveen de energía; un desalinizador, de agua potable; sus señuelos de pesca, de alimento cuando se encuentra mar adentro. "Me encanta el pescado; vivo comiendo pescado crudo con limón: dorados de mar, barracudas, incluso peces voladores cuando no hay otra cosa", cuenta.
Claro que su dieta no se compone sólo de eso, ni Sophie es precisamente una asceta. Pero parece sentirse a gusto con el hecho de no necesitar más que lo que la rodea y la compañía de algunos amigos, muchos de los cuales -como ella- pertenecen a esa troupe que circunnavega el planeta sin tocar tierra más que para reabastecerse.
"La soledad -confiesa alguien que ha pasado hasta tres meses sin ver a otra persona- no es un estado ideal. Pero la convivencia en un barco tan pequeño tampoco es fácil. Cada tanto sumo algún tripulante, a veces como una forma de aumentar los ingresos; otras para recorrer zonas con alguien del lugar. Pero nunca más de una persona".
Con esa ideología y un instrumental "mínimo dentro de lo ideal" (un timón de viento y uno electrónico, dos navegadores satelitales, un radar y un equipo de radio BLU), el 3 de noviembre de 2005, Sophie se lanzó a cruzar el Atlántico, desde Las Palmas de Gran Canaria a Recife en Brasil, en un travesía que le tomó casi un mes y haciendo escala sólo en las Islas de Cabo Verde por causa del mal tiempo. Luego recorrió las costas brasileñas y uruguayas hasta internarse en el Río de la Plata, por el cual admite sentir "un gran respeto" como navegante.
Así recaló semanas atrás en el Club Regatas, desde donde dice haber "huido gracias a su gente, para encontrar este paraíso que es el Doña Flora, con amigos que me tratan con tanta generosidad y cariño".
Hoy, mientras prepara su segundo libro, "mi biografía marina" -aclara- (el primero fue un manual de navegación), Sophie ni siquiera tiene claro cuál será su próximo puerto. "Tal vez Mar del Plata, quién sabe", confiesa despreocupada y sin pensar en que la travesía tenga algún día fin, ya que para ella se ha convertido en una forma de vida.
18/05/08
EL DIA - LA PLATA











saludo