La funambulesca historia de Ching Chung Ling….

(NM) La habilidad en la maniobra, el “ojo marinero”,  el ingenio para salir “con alambre” de una compleja situación en máquinas, o la visión empresaria, son algunos de los muchos talentos propios –y esperables – de un buen Contra, Capi, Jefe o Armador.

(NM) A estas que podríamos calificar de estrictamente “profesionales”, suman con frecuencia los integrantes de la comunidad marítima otras aptitudes, muchas veces escondidas o poco conocidas.

Ingenio, buen humor y excelente pluma, son un ejemplo de estos talentos “extraprofesionales”, reunidos en este caso, en la persona de Mario Ordiales, a quien agradecemos permitirnos la publicación de esta crónica, en “Mar Calmo”, la columna de NUESTROMAR destinada a relajarnos, sonreír y disfrutar. Una modesta compensación, en fin, al estrés que la lectura de casi todo lo demás, seguramente nos genera…  

En este caso, y como el mismo autor nos explicara, se trata de algunos recuerdos de la visita de una delegación argentina de la Provincia de Chubut, para firmar un acta de hermanamiento con la provincia coreana de Chung Chong Buk-Do, ocurrida en Septiembre del año cristiano 2000.

“Ahí tienes”, dice Mario, “un cuento que se me ocurrió en Corea, al visitar un monasterio budista. Hay cosas fantasiosas y otras verdadosas. A la discreción del lector queda averiguar y separar las unas de las otras….”.

Que lo disfruten.

LA HISTORIA DE CHING CHUNG LING es el motivo principal del drama-poema bailado que nos fue mostrado en un restaurante de Seoul, atendido por monjes budistas,  que de sus costumbres milenarias de espiritualidad conservan solamente la de hacer bailar a las danzarinas con vestidos y de  tal forma que no quepa la más mínima posibilidad de erotismo. El tambor simboliza la tormenta mental y el choque de los platillos el chasqueante relámpago de que se hablan más abajo en "La Historia de Ching Chung Ling" ocurrida en el Monasterio de Bopjusa, quinta parroquia de la Coreana Orden Budista Chogye, que era uno de los lugares donde con más intensidad se veneraba a Buda y donde está erguida una estatua de bronce que es tenida por la mayor del mundo. En la actualidad el monasterio se ha convertido en un lugar de turismo común donde el budismo es también comercio y los objetos de veneración son exhibidos por dinero. Por eso a nosotros, en atención a José Luis Lizurume, Gobernador de la Provincia de Chubut a quien acompañábamos, y previo óbolo de la provincia hermana de Chungchongbuk-do, nos atendió el Venerable Jong Moon, Director de Asuntos Generales del Monasterio, según dice en su tarjeta comercial donde demuestra tener teléfono directo, fax y teléfono móvil.  Así seguirá siendo hasta que un rayo purificador logre alcanzar el fondo del valle, para evitar lo cual los monjes actuales han llenado todo de pararrayos para dificultar en lo posible que el tal rayo hiera la tierra, porque antes del turismo la vida les era extremosa en austeridades y fatigas.

Todo ocurrió de esta manera:

Hace mucho tiempo un embajador especial argentino en Corea, visitaba el templo budista de Popchusa (Bopjusa) fundado en 553 A.C. y escondido en un hermoso valle recorrido por un río de aguas tan claras como el mejor cristal de roca, engalanado con los más hermosos árboles que puede disponer la naturaleza para los lugares perfectos que gustan de usar los dioses en sus eventuales contactos con los humanos. Llevaba con él a su joven hija, Ana María, de belleza total y delicados sentimientos espirituales.

En atención  a la jerarquía del embajador especial fueron aceptados en el interior de la residencia de los monjes, prohibido a más ordinarios visitantes, donde un monje principal realizaría en su honor la ceremonia del té que esencialmente consiste en meter hierbas en agua caliente pero con especial talento y originales instrumentos y tarros excesivos.

Subyugada Ana María por la austeridad y sencillez del lugar y, sobre todo, por la paz espiritual que de todo emanaba, pidió permiso a su padre para estudiar, en el lugar mismo, el mensaje de Buda porque sentía en su interior esa necesidad. Obtuvo Ana María, la paternal aprobación por un año y también la obtuvo a su vez del monje principal, del Padre General del Monasterio, aunque con mayor trabajo, por tratarse de una mujer, y la dio sólo después de haber sido certificado que entre los colores del aura de Ana Maria, visible solo a los iniciados, se marcaba con especial fortaleza el celeste de la virginidad femenina que en el aura del hombre es blanco.

De esta manera se le dio un lugar en el sitio más apartado del monasterio donde, sin ver ni ser vista, comenzaría su instrucción. Sólo el monje principal de la ceremonia del té, suficientemente probado y siempre victorioso sobre cualquier tipo de emociones, tendría contacto como maestro de ella pero separados por una conveniente reja por si algo fallaba. En esas duras condiciones de soledad y aislamiento vivió la joven catecúmena de Buda hasta que se la consideró instruida suficientemente para ser presentada al Padre General del Monasterio, lo que ocurrió al año justo de su llegada, cuando Ana María unió a su perfección física, resaltada por el año de aislamiento, un alma perfeccionada para entrar en armonía con Buda y de fácil comunicación con el entorno del monasterio, el río de cristal de roca y el Bosque De las Cinco Millas. Dicen que sus mejillas harían avergonzarse por su tersura y color a las manzanas más escogidas de Chung Ju famosas en todo el mundo.

En ese momento fue presentada al Padre General. Ana María de rodillas, con la frente en el suelo, esperaba la aparición del hombre superior que no se atrevería a mirar siquiera porque, según había aprendido, encarnaba en aquel valle todo lo positivo que Buda puede inducir y de quien se contaba había estado en varias ocasiones en meditación total suspensiva durante casi un mes sin comer ni descomer, sin beber ni desbeber, ya que el espíritu puro no necesita de cosas materiales; incluso se aseguraba que durante esos momentos se suspendía en el aire a unos 25 centímetros del suelo y aunque todavía no había podido romper el récord coreano de la especialidad, certificado en 27 centímetros, se le consideraba capaz de hacerlo en poco tiempo más si seguía entrenando.  

Quedaron a solas los dos y aún sin verse nunca los ojos, entraron en comunicación de pensamientos con esa facilidad que solo les es posible a las mentes muy abiertas y muy preparadas a las que los ojos físicos estorban más que ayudan. Se desató de inmediato en sus corazones una borrasca de sentimientos desconocidos, entre los que no era el menor para el Padre General el que irradiaba insistentemente de la rotunda redondez (muy distinta de la habitual y más bien escasa y angulosa de los monjes) de la parte trasera de  Ana María que el humilde hábito no alcanzaba a disimular debido a la respetuosa y sumisa posición en que se encontraba, que nunca se atrevió a cambiar durante el acontecimiento. Pulverizaron todas las barreras mentales de contención. Las auras respectivas relampaguearon, brillaron y llenaron todo el valle, conmoviendo a los animales del bosque y hasta hicieron llorar resina a los pinos rojos famosos hasta entonces por su proverbial indiferencia. Todo este aparato de energía motivó una especie de aurora boreal sobre el gigantesco Buda de bronce que hay en el patio del caserío del monasterio, que incluso pudo ser recogido por fotógrafos oportunos y las fotos vendidas después con  otra explicación más conveniente. El color celeste del aura de Ana María cambió a violeta y en violeta se convirtió también el blanco del aura del Padre General.

Buda fue turbado en su paz eterna y decidió de inmediato el castigo convirtiendo a su hasta entonces monje predilecto en trueno, relámpago y rayo que a menudo se muestra atormentado restallando e hiriendo las cumbres de las montañas pero sin conseguir, hasta ahora, llegar al fondo mismo del valle donde se encuentra el monasterio, que hoy en día es un simple lugar de turismo exento casi totalmente de espiritualidad. En el momento en que el rayo purificador golpee directamente en el fondo del valle volverán la paz y la espiritualidad al lugar según lo tiene dispuesto la inescrutable sabiduría de Buda, y los turistas volverán a ser raros en el lugar.

Ana María también fue condenada a morir, sin que le sirviera sino de atenuante que ella en realidad se mantuvo quieta y más que hacer dejó hacer. Por ello su condena es solo por unos pocos miles de años, pero antes del castigo se le permitió dar a luz a una hija, ya que la pequeña engendrada difícilmente podía ser culpada de nada.  Ana María ni siquiera pudo ver a su hija pues decidido fue que muriera del parto y fuera convertida en sauce que llora permanentemente sobre el río de cristal de roca, hasta que cese el discurrir del tiempo, y luego ya se verá.

Esta hija fue bautizada por los monjes con el nombre de Ching Chung Ling (que en traducción libre al castellano significa Eternamente Perfecta y Pura) y la condición impuesta por Buda para permitirle la vida fue la de conservarse digna de ese nombre.

Todo marchó bien durante catorce años hasta que de pronto la impoluta Ching Chung Ling paseando en el valle vio a un magnífico toro mugiendo enfebrecido tratando de cubrir una vaca, consiguiéndolo al fin, y se sintió turbada en su interior sin comprender el por qué, y el color celeste de su aura tembló durante milésimas de segundo.

Pero esas milésimas de segundo fueron suficientes para ser advertido por Buda que instantáneamente convirtió a Ching Chung Ling en la parte más sucia de los vacunos: el intestino delgado, desterrándola a la Argentina, patria de la madre y los abuelos maternos de Ching Chung Ling, donde es devorada continuamente por los argentinos que hasta ese momento no habían sentido  ninguna necesidad ni atracción por asar en sus parrillas los intestinos de las vacas, sin que a nadie se le haya ocurrido investigar, hasta ahora, la causa de tan extraña costumbre ni el origen del aún más extraño nombre de chinchulín ajeno evidentemente a la cultura occidental.

Por Mario Ordiales.

20/03/08
NUESTROMAR

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