Joshua Slocum

 Cuando contaba con cincuenta y cinco años el capitán Joshua Slocum se propuso dar la vuelta al mundo por mar en solitario.

Afirmó que hasta entonces nadie lo había hecho, lo que le parecía razón suficiente para intentarlo. Slocum era un robusto capitán de los tiempos de la vela, un hombre adaptable y que no se desanimaba fácilmente ante las circunstancias adversas. Aunque poseía pocos estudios formales, escribía con un encanto a la vez irónico y cándido; su obra Sailing alone around the World (Navegando en solitario alrededor del mundo) sigue siendo uno de los grandes clásicos sobre la inmensidad del mar.  Lo único que Slocum no sabía era nadar.

La nave en la que emprendió la travesía era un antiguo balandro, llamado Spray. Cuando Slocum lo descubrió estaba para el desguace, pero en trece meses lo reconstruyó tanto como pudo.

Slocum escribió que al acabar de repararlo, el Spray “se posaba en el agua como un cisne” y navegaba con tanta seguridad que descubrió que podía fijar el rumbo, sujetar la caña del timón y bajar a dormir con la certeza que la embarcación no se desviaría.

Pasó una temporada pescando a bordo del Spray, aunque para entonces ya había decidido dar la vuelta al mundo en el balandro cumpliendo funciones de capitán, piloto navegador y tripulación.

Partió de Boston, estado de Massachusetts el 24 de abril de 1895 y, después de equiparse en Gloucester, MA, el 7 de mayo se hizo a la mar. Recaló en varios puertos costeros y en uno adquirió, por un dólar, un viejo reloj de hojalata con la esfera rota y sin minutero. Fue el reloj que utilizó durante la travesía. El Spray avanzaba veloz, y en los primeros ocho días cubrió 1930 kilómetros, sus velas se hinchaban durante toda la noche mientras Slocum dormía entre una subida y otra para cerciorarse de que todo iba bien. Se cruzó con varios barcos, con los que intercambió mensajes a los gritos. Un capitán español, que veintitrés días antes había zarpado de Filadelfia, le lanzó una botella de vino.  Una vez superada, la soledad no volvió a afectarlo.

Slocum hizo una breve recalada en las Azores y se dirigió a Gibraltar. Allí la Real Armada inglesa se deshizo en atenciones con él y le asignó un amarradero junto a varios acorazados. El gobernador fue a visitarlo y firmó el libro de navegación. El almirantazgo lo abasteció de verduras y leche y cuando Slocum se hizo de nuevo a la mar, le proporcionaron un remolcador para sacar de puerto al Spray. Partió de Gibraltar hacia el oeste y cruzó otra vez el Atlántico, rumbo a Brasil. Impulsado por los vientos Alisios, la travesía discurrió sin contratiempos y Slocum dedicó el tiempo a leer, a escribir o a hacer pequeñas reparaciones en los aparejos y en las velas. Los peces voladores que caían sobre cubierta se convirtieron en la base de su alimentación, a la que sumó galletas y papas.

Recaló en Pernambuco y partió en dirección a Río de Janeiro. Al dejar Río en dirección al cabo de Hornos, Slocum encontró una fuerte corriente septentrional que lo obligó a arrimarse a la costa. Al hacerlo encalló. Con gran esfuerzo logró echar un ancla para asegurar el balandro; portando ancla y cable salió en el pequeño bote auxiliar para largar un fondeo aguas afuera y agobiado por el peso y por el oleaje que rompía encima de él terminó tumbado, sobre esta escena escribió: “Aferré la regala y aguanté mientras se enderezaba, porque me acordé que no sabía nadar”.

Tras muchos esfuerzos enderezó el bote y subió a bordo. Con uno de los remos recuperados logró remar hasta la orilla para descansar.

Poco después el Spray quedó en seco en la playa y fue rodeado por lugareños curiosos y codiciosos. Slocum logró apartarlos con algunas galletas y con la ayuda de dos hombres botó otra vez el barco en la próxima marea alta. El balandro estaba herido pero no de muerte, y fue fácilmente reparado en Montevideo, donde los agentes de la Royal Mail Steamship Co. lo atracaron y repararon sin cobrar un centavo. Además le obsequiaron veinte libras esterlinas. El capitán se alegró porque había partido corto de fondos y esperaba de las donaciones o de lo recaudado por trabajos para costear el viaje.

Al partir de Montevideo se alzaba ante él el mayor desafío de todo el viaje: el cabo de Hornos.

Slocum pensaba pasar por el estrecho de Magallanes antes que dar la vuelta por afuera. Los fueguinos que habitaban por estas zonas lo habían alertado de los peligros y aconsejaron que se hiciera acompañar por una cañonera o que por lo menos llevara tripulación para repeler los ataques de los indios. No encontró quien quisiera navegar con él. Al navegar entre las islas muy pronto se encontró con los indígenas. Cuando el tiempo lo permitía se acercaban en canoas a mendigar y amenazarlo. Deseoso de no demostrar su soledad Slocum aparejó un viejo trozo de bauprés como vigía, lo vistió de marinero  y le añadió una caña de pescar. En varias ocasiones se vio obligado a disparar sobre las cabezas de los grupos que intentaban abordar el Spray, y cuando por fin cruzó el estrecho se encontró con una violenta tormenta.

Perdidas las velas el Spay derivó hacia el sur con los mástiles desnudos, con dos largas maromas sueltas a popa para estabilizar la nave y evitar que diese guiñadas. Dadas las condiciones Slocum se preparó un estofado irlandés, pues el gusto de la comida correcta nunca lo abandonó. A medida que se arrastraba hacia el sur, alrededor del cabo de Hornos hizo planes para dirigirse a Puerto Stanley de tan imposible que resultó la idea de poner rumbo norte. De pronto divisó tierra y hacia allá marchó. Estaba en el canal de Cockburn que conducía nuevamente al estrecho del que acababa de salir. Mientras permaneció fondeado en reparaciones, por las noches, repartía sobre cubierta tachuelas de tapicería que le había regalado un capitán de barco austriaco, con quien se cruzó una vez, como medida de seguridad y era despertado en las noches por fuertes alaridos semejantes a los de una jauría. Eran los indígenas que saltaban espantados al bote propio o directamente al agua en estampida. El 13 de abril de 1896 logró abandonar las traicioneras aguas del cabo de Hornos y la siguiente recalada fue en Juan Fernández, la isla en la que Alexander Selkirk – modelo de Robinson Crusoe – vivió en solitario durante casi cinco años.

Slocum visitó la cueva de Selkirk y una lugareña le confeccionó un nuevo petifoque a cambio de un poco de sebo.

Cruzó el Pacifico en dirección a Samoa, donde se encontró con la viuda de Robert Louis Stevenson y pasó varios días idílicos.

Partió de mala gana rumbo a la bella Australia, nación que conocía bien.

Slocum permaneció nueve meses en Australia, visitó Sydney y Melbourne e hizo un crucero por Tasmania. Los australianos mostraron un gran interés por su travesía y pronunció muchas conferencias públicas, además de cobrar a razón de seis peniques a cada persona que visitaba el Spray. Finalmente partió navegando hacia el norte de Australia en dirección a las islas Keeling Cocos, Rodríguez y por último Mauricio. En Sudáfrica Slocum tuvo un encuentro memorable con Paul Krüger, presidente del Transvaal. Krüger estaba convencido que el mundo era plano y cuando le dijeron que Slocum navegaba alrededor del mundo replicó bruscamente que era imposible.

Al final lo único que faltaba para completar la gran travesía era un tercer cruce del Atlántico
Slocum alcanzó las costas de su tierra a través del Caribe, subió por la costa este de los EEUU y el 27 de junio de 1898 echó el ancla en Boston después de un crucero alrededor del mundo, a lo largo de setenta y cuatro mil kilómetros, durante una ausencia de tres años y dos meses.

Estaba bien y pesaba medio kilo más que cuando había zarpado.

El amor de Slocum por la navegación nunca murió, casi todos los inviernos navegaba hasta Gran Caimán y las Antillas y en noviembre de 1909, a sus sesenta y cinco años de edad, partió una vez más de Bristol, Rhode Island, rumbo al río Orinoco. Nadie volvió a verlo. Probablemente el Spray haya chocado contra un buque de vapor mientras Slocum se encontraba bajo cubierta. Su ejemplo permanece vivo.

El Spray

Slocum encontró el Spray en un campo de Fairhaven, Massachusetts. Para reconstruirlo utilizó madera de la zona, que el mismo cortó y secó, trató con vapor para doblarla,  curvó y calafateó. Los tablones eran de pino Georgia de 3,8 cm. de espesor. La quilla era de roble macizo, la cubierta de pino de 3,8 cm. de espesor y estaba sujeta a unos baos de 38 centímetros cuadrados de sección. Creó una cocina camarote de 3 x 3,65 m., en medio de la cual había una bodega con espacio suficiente para almacenar agua y carne en salazón para varios meses. Aunque en principio tenía aparejo de balandro, durante la travesía fue modificado (como se muestra en color celeste) para convertirlo en yola. Como bote auxiliar Slocum encontró un bote viejo, lo cortó, le cerró la popa con tablas y obtuvo un chinchorro que también servía de tina para fregar la ropa, y de bañera.

05/03/08
BARCOS MAGAZINE – Edición Febrero/08

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