Los tradicionalistas de siempre jamás cambiarán el puerto de este balneario por ninguna otra tentación territorial, llámese La Barra, Manantiales, José Ignacio o la Laguna Garzón. No digamos que tienen razón, es sólo una elección. Pero el puerto y la última punta de la península brillan todo el año y se convierten en el gran programa de febrero, cuando aquellas zonas del Nordeste se van quedando, de noche y de día, sin la remanida "movida".
Los "peines", esas marinas o muelles que apuntan hacia la isla Gorriti, son como troncos que sostienen las más maravillosas flores, verdaderos ramilletes de embarcaciones.
Y, cuando llega el día, se sueltan las amarras y los barcos se integran, espléndidos, a la celeste geografía de las aguas mansas, se esconden tras el verde de la Gorriti o parten hacia la aventura de la Isla de Lobos, en donde más allá y dentro de un Atlántico más bravucón quizá tengan la suerte de volver con un tiburón.
Este verano el puerto volvió a llenarse de marinos, de deportistas y de marineros, que vestidos de impecable blanco atienden los grandes cruceros. En el playón de lanchas permanece un cartel inalterable: "Capacidad colmada", porque no hubo más lugar para subir a tierra las 400 que llegaron a la guardería, por la que se pagan 15 dólares diarios; esto sin contar los extras de acarreo y la obligada limpieza que, por la sal, deben llevar a cabo los marineros.
Después, a las amarras de las marinas y a las boyas, llegaron 547 embarcaciones, desde los grandes cruceros (entre 22 y 30 metros de eslora) hasta los estilizados veleros, cuyos propietarios debieron pagar entre 150 y 27 dólares por estadía, respectivamente, sin contar el servicio de electricidad o de carga de agua potable.
En una quincena meteorológicamente brillante, el marinero Jorge Larrosa confesó: "No damos abasto. Sin dudas, fue y sigue siendo una de las mejores temporadas".
Estos marineros, argentinos o uruguayos, volvieron a tener "su verano" cuidando una lancha. También al atender esos grandes cruceros que ocupan la mejor parte del puerto, tienen a bordo livings como para grandes fiestas y concentran las miradas asombradas de los curiosos que, con sana envidia, ven desde el muelle tanto la diversión como la decoración. "Son como las vidrieras de la avenida Alvear, y la gente camina tanto como si esto fuera la peatonal Florida", ejemplificaba un argentino apurado por soltar amarras para a ir a pasar el día a la Playa Honda, en la isla Gorriti, en donde suelen fondear más de 100 embarcaciones.
Los cruceros llegaron de todos lados y así lo demostraron sus banderas, uruguayas, estadounidenses, brasileñas, argentinas y panameñas. Hay embarcaciones de las buenas y en cantidad, como los Antago 21, unos cruceros de cuatro camarotes (uno en suite) y un sollado para la tripulación. En tono de confianza, un empleado del puerto le dijo a este cronista: "Hace unos días salió a navegar la de ustedes, ¡sí, la política! ¿No la llaman Lilita?". Después agregó: "Usted sabe bien con qué otros grandes cruceros argentinos trabajamos, no me haga decir a mí los nombres".
El argentino Martín Pugliese no deja de salir un día con su lancha: "La sensación no tiene igual. De la vista hacia Punta del Este, ni hablar. ¿Sabés lo que es fondear en el agua mansa, quedarse ahí, tomando mate o un copetín?".
Otro dato contundente son los 31.900 dólares que, además, el Ministerio de Transporte y Obras Públicas recaudó por las amarras presidenciales. Es que Tabaré Vázquez dio la orden para que ya no fueran lugares de gentileza hacia los países vecinos y las mandó a alquilar bajo un régimen de licitación privada.
Y bueno, desde tierra o navegando, el puerto de Punta del Este es un lugar de encanto.
Por Mariano Wullich
11/02/08
LA NACIÓN










