El adiós al último bodegón del Bajo.
El Navegante soltó amarras: es decir, fue –aunque tardío– a su destino de lejanía. Dijo, y acaso haya que creerle, que partió del Puerto Viamonte porque los nuevos marineros no lo conformaban. Era, aquella soldadesca, no muy ducha en velas, timones ni cuadernas, pero a él, capitán de capitanes, no le importaba.
Fui yo uno de esa bullanguera marinería hoy muerta, dispersa o derrotada. En los 60, de proa a popa y de babor a estribor, la batalla era verbal e ideológica: izquierda, derecha, sexo, revolución, Marx, Freud, mientras transcurrían las carnes a punto, las aves doradas y los guisos siempre descifrables. En los 70, noticias sombrías: armas, bombas, luto, literatura militante y clandestina. Pero también poetas, sabiondos y suicidas.
En los 80, los viejos marineros de camiseta rayada sufrieron una extraña invasión: polizones de casimir inglés y corbatas de seda que creían que Pound (Ezra) era una moneda inglesa a plazo fijo y que subían a bordo porque el barco les quedaba cerca de las mesas de dinero.
En los 90, cada semana, ocupé el mismo bote salvavidas con Grillo Della Paolera, erudito en literatura y amigo, por décadas, de Borges, con quien coleccionaba los peores poemas del planeta y cultivaba el bello arte de injuriar a plumíferos consagrados por el marketing.
Por entonces, la nave necesitaba pintura y calafateo, pero poco importaba: preferíamos el verde humoso de las paredes, los horrendos murales y la sabiduría cyber de los mozos, capaces de tomar cien pedidos a ojo y oreja y no errarle ni a una hoja de ensalada.
Cerca, lo amenazaba ya una proa gigante con filo de hacha: un edificio firmado por César Pelli. De a poco, nos fuimos, presagiando que una madrugada, con su sirena muda, El Navegante levantaría su planchada y nos dejaría en tierra. Ya no está.
Dicen que vuelve. Que su capitán busca nuevo puerto. Lo esperamos. Lo merecemos. Y allí estaremos, aunque un poco de material plástico se filtre entre sus nobles maderas y bruñidos hierros. Estamos a sus órdenes, capitán…
Por Alfredo Serra
05/02/08
LA NACIÓN










