A 45 años del arribo de la primera expedición argentina al Polo Sur

 Con dos aviones DC-3 de la Aviación Naval, al mando de Hermes Quijada.

Era enero de 1962 y como en las buenas épocas, ese año estábamos de vacaciones en Mar del Plata durante toda la temporada. El Día de Reyes las noticias anunciaron que por primera vez en nuestra historia, un grupo de argentinos había arribado al Polo Sur luego de una larga travesía en dos aviones de la Aviación Naval. A los doce años, poco o nada sabía de esas cosas. Unos días después apareció en la Base Naval de Mar del Plata un extraño avión, pintado con colores fosforescentes y con un simpático pingüino fotógrafo pintado en su nariz. La leyenda “Total para que….” traía recuerdos de una canción popular de aquellos días. Es el DC-3 que fue al Polo, repetían por allí.

Muchos años después, volví a verlo durante una visita al Museo de la Aviación Naval y su visión me retrotrajo como en un sueño a aquellos días felices de mi niñez. Sentía ganas de saber más acerca de ese histórico avión, de sus hazañas. Había visto modelos semejantes en infinidad de películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Era el “Tren del Cielo” una especie de mula de carga como las de San Martín en los Andes. Nobles, resistentes, capaces de entrar y salir de cualquier lado. El “Decetro” lo llamaban los marinos.

Un orgulloso y a todas luces antiguo integrante de la Aviación Naval de la Armada Argentina me vio interesado y se me acercó. Con esa natural discreción de los marinos, como si estuviera intentando hacerme sentir que lo suyo era tan solo un humilde aporte a un presuntamente vasto conocimiento mío, deslizó: --Este era el del Almirante Quijada, Dios lo tenga en la Gloria--, y esperó mi reacción. Me vino a la mente la imagen de ese hombre que saltó al conocimiento público por haber comandado la primera expedición argentina al Polo Sur, cosa que no le importó al terrorista español del ERP que lo asesinó allá por el año 72.

El Capitán de Fragata Hermes Quijada, contó mi guía del Museo, Comandante de Transportes Aeronavales, había recibido la orden de preparar un vuelo de exploración. Su objetivo era ubicar un paso libre de hielos a lo largo de la barrera y hacia el Este de la Península Antártica. Hasta ese momento, la penetración debía hacerse de Este a Oeste lo cual insumía un largo tiempo de navegación. Encontrar este paso era fundamental para permitir el tránsito de Oeste a Este del Rompehielos A.R.A. “General San Martín” que, un tiempo antes, se había visto bloqueado por un témpano quedando imposibilitado de relevar un destacamento. Esa dotación debió permanecer un año más en la Antártida debido a ese inconveniente. Un sutil agregado indicaba que debía seguirse lo más al Sur posible en misión aerofotográfica y de reconocimiento.

Un desafío difícil pero que entusiasmó al entonces Capitán Quijada, que se abocó a la selección de hombres y aeronaves y al comienzo de la planificación. Así, se designaron dos “Decetros” el CTA-12 y el CTA-15 (“Total para que…” y “…te vas a preocupar”) y sus respectivas tripulaciones. Pilotos, navegantes y tripulantes más el personal de apoyo, fueron seleccionados entre aquellos con mayor experiencia en DC-3 y en la Antártida. Ni bien fueron designados comenzaron con los adiestramientos específicos ya que las aeronaves irían a una región extremadamente fría, para aterrizar en nieve, con travesías que excedían la autonomía normal, sobrecargadas para el despegue y con instrumentos de navegación que en la Antártida sirven de poco.

Todo fue probado, llevado a los límites, corregido una y otra vez, material y procedimientos, hasta que por fin quedaron listos para iniciar la expedición.

Un cuatrimotor DC-4, también perteneciente a la Armada Argentina, fue encargado de cumplir la misión de apoyo aéreo, dado su mayor porte y autonomía, metiéndose por las rutas para verificar la meteorología y las condiciones de formación de hielo en las alas, el terror de cualquier piloto. Un buque de la Armada estaría en el pasaje Drake por si hubiera un acuatizaje de emergencia. Todo estaba listo. En la Antártida se instalaron radiobalizas auxiliares para ayudar en la navegación para lo cual, un grupo terrestre de apoyo, llevado por el Rompehielos y con la colaboración de la gente de la Base Benjamín Matienzo de la Fuerza Aérea, trasladó los equipos y marcó la pista para el primer aterrizaje.

Los dos “Decetros” expedicionarios, tras un prolijo aterrizaje con sus esquís y un período de descanso, se dirigieron a Ellsworth, otra base argentina próxima a la Base de Ejercito General Belgrano. Habían recorrido 3320 Km. desde que salieron de Río Gallegos. De allí al Polo Sur quedaban 1370 Km. más, desconocidos y hostiles. Producido el despegue para la etapa final y con la secreta convicción de que la frase “lo más al Sur posible” era solo una forma de decir: “Vamos al Polo” los dos aviones enfilaron al rumbo 180º y con incesantes verificaciones y mediciones, fueron aproximándose al objetivo. Este, podría uno imaginar hoy, sería una suerte de monumento de cientos de metros con placas alusivas y una cruz marcada en bronce en el suelo indicando el punto exacto donde se cruzan todos los meridianos y donde podría verse un eje sobre el cual gira la Tierra. No era así, ni ayer ni hoy. Los cálculos y los instrumentos indicaban que se hallaban en el lugar, las comunicaciones con la Base Amundsen Scott, situada en el Polo Sur, eran claras e intensas, indicio de que estaban cerca, pero no aparecía, y la ansiedad crecía. Se inició una búsqueda siguiendo un patrón hasta que el navegante del CTA-15, a unas treinta millas de distancia, descubrió unos puntos negros sobre la superficie helada. Inmediatamente giraron hacia allí y al reconocerlos comunicaron por su radio que habían llegado al Polo Sur. Las radios, silenciosas por las tensiones previas, estallaron en vivas, “lo lograron”, “lo hicieron”. Entonces los doce tripulantes sintieron que dentro de esas aeronaves, no estaban solos, toda la Armada y los camaradas de las otras fuerzas estaban pendientes de ellos y sintieron su mismo alivio cuando la misión, por fin, se llevó a cabo con total éxito.

CTA 15 restaurado en el Museo de la Aviación Naval

Cumplidas las ceremonias tradicionales como dar la vuelta al mundo tomados del eje imaginario de la tierra y comprobar que el Polo Sur, en realidad estaba dentro de un círculo de unos 60 metros de diámetro pero sin posibilidad de ubicarlo en forma más precisa, se prepararon para el retorno, que tenía tantos riesgos como la venida pero con la inmensa satisfacción de la misión cumplida. Las apuestas sobre el despegue se multiplicaron entre el personal de Amundsen Scott. Pensaban que con el sobrepeso, la nieve y la altura de la pista (3000 m) sería casi imposible, sin embargo, tras dos minutos y once segundos interminables de corrida, los dos aviones decolaron rumbo a Ellsworth. Arribar, reabastecer, salir de nuevo para Campbell y de allí hacia Buenos Aires con escala en Río Gallegos fueron los pasos recorridos con la ansiedad del regreso y del reencuentro. Atrás quedaban 13500 Km. de vuelo...

Toda una epopeya dados los medios de los que disponía la Aviación Naval por esos años, sin embargo, fieles a la tradicional circunspección naval, las palabras del Almirante Quijada fueron el reflejo del espíritu de la Armada Argentina desde los tiempos del Almirante Brown.

CTA 15 restaurado en el Museo de la Aviación Naval

“EL VUELO QUE HEMOS REALIZADO NO ES MAS QUE UNA DE LAS TANTAS MISIONES QUE LA ARMADA DE MI PAIS CUMPLE SOBRE ESTAS AGUAS Y ZONAS DESERTICAS, DESDE QUE LA PRIMERA COMISION NAVAL INVERNARA EN LA ANTARTIDA”.

Cierto brillo en la mirada del marino del Museo me hizo pensar que quizás él haya sido uno de esos doce pioneros. Algún día volveré y se lo preguntaré.

Por Andres Julio Gugliotta

04/01/06
NUESTROMAR

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