La homilía del mar

Desde antiguo, tres propósitos acompañan nuestro andar por el planeta: no topar con la muerte, probar de instalar un cielo a ras de tierra, y, ni bien hay un rato libre, salir disparados a echarnos panza arriba ante al mar.

De la primera, mejor no hay que hablar. Allí están leyendas, supersticiones y mitos sirviendo su consuelo. Lo segundo es nuestra más bella desmesura y, como Zorba, que en el fondo somos, lo seguimos intentando con cabriolas que van de una ilusión a otra. Si algo hemos pretendido a través de los siglos es alzar un paraíso a imagen y semejanza de aquel que (nos contaron) perdimos por nuestra grandísima culpa. Y no está mal el empeño. Es propósito noble. Habrá que insistir.

Y no quejarnos: nos queda el consuelo del mar. Agua matriz. Tanta que el planeta debería llamarse Agua. Dios líquido siempre a mano, que está allí y parece hablarnos. Y también escuchar. Viva uno en Bolivia (que no lo tiene) o en Córdoba o Santiago del Estero (que tampoco), el deseo del mar está en todos desde antes de nacer. Cuando alguien confiesa estar oyendo el llamado del mar lo que siente es unas ganas locas de echarse en una playa para recibir la llave perdida de la persona. Y sucede que de diez que peregrinan, nueve vienen con la cara cambiada. El bosque urbano fosiliza. Es aventura menos pródiga la de quedarse a esperar el encuentro con uno mismo a la sombra del Obelisco. Faltarán el horizonte y la amplitud del cielo. Por algo no contamos con tangos marinos. En la imaginería porteña no hay mar. Tampoco en la del argentino (ni siquiera en los que nacen junto al Atlántico). Se debió matar Alfonsina para que en nuestro cancionero entrara el mar.

Claro que son muy otros los divagues de la solitaria mujer de la fotografía. Camina ensimismada (junto a un galgo que también parece meditar) por una playa libanesa, que hasta semanas atrás era franja castigada por cohetes y bombas. La historia reciente parece estar pesando en sus hombros todavía. Marcha con la cabeza baja (igual que el perro). Es la hora del véspero. Ignoramos su identidad. Sólo sabemos que le tocó vivir durante un mes a merced de los perros de la guerra de uno y otro bando. Y que la paz volvió. Aunque la realidad de la región sigue siendo de papel y eso demora la paz real y la sonrisa. Es por la fragilidad que la rodea en tierra , que busca refugio en la primera de todas las fuentes. La playa aún no volvió a la neutralidad de los días comunes. Pero allí, ese buen compañero de paseo. El mar contenedor. Y sagrado. Por algo los pescadores de Bahía cantan a Dorival Caymi y repiten a coro El mar es santo .

Toda cita con el mar es una paradoja. Creemos ir hacia él y lo que hacemos es viajar a nuestro interior (mar mínimo). Lo que en la playa veraniega parece un lagarto al sol no es más que un breve monje urbano que recorre el rosario de sus días. La arena, un gran templo sin techo. Peregrinos que se untan de pies a cabeza. Y que leen. Lo cual (si no es un best seller) ya está rozando la plegaria. Junto al mar somos seres para siempre. Se comienza por la piel y, a los pocos días, una serena mezcla de memoria, sueño y reflexión nos dora por el revés: aclara el fondo. Será, tal vez, porque no hay costumbre de ponerse íntimo con uno. Y ocurre que sí, que en ese dentro hay primero una cueva, y luego un paisaje. El propio. Quien no lo crea, pruebe. Plántese ante el horizonte y recíbalo. No hay más hipnótico fenómeno natural ni mejor lugar del planeta que esa línea divisoria de cielo e mare . Al instante de fijar los ojos en él, nos devuelve un boceto de nuestro modelo original.

"Cuánta agua" es el primer comentario de Sancho Panza cuando, en el segundo viaje, el Quijote le muestra por primera vez el mar en costas catalanas. Y cuánto de uno hay en uno, también. De eso parece (es una interpretación atrevida, lo sé) conversar la mujer de la foto. ¿Con quién? Con el mar, claro. Porque, aunque lo parezca, sola no está.

Por Esteban Peicovich

www.palabristas.com.ar

10/10/06
LA NACION

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