Viento en popa

CRUCEROS: INFORME ESPECIAL, DESDE EL MAR CARIBE HASTA EL MEDITERRANEO

Impresiones de un fascinante viaje por el Mediterráneo y siete ciudades en el lujoso Sinfonía.

Cristian Sirouyan. GENOVA, ITALIA. ENVIADO ESPECIAL

Para acomodarse a este gigante, se requiere atención y mucha calma. No es nada sencillo, habida cuenta de que genera todo lo contrario la intimidante presencia del crucero MSC Sinfonía en Génova, Italia, amarrado junto a un muelle apenas más largo que sus 250 metros.

Lejos de serenarse, los 1.500 pasajeros que se preparan para vivir una aventura incomparable son desbordados por la excitación, se abrazan y emocionan a cuenta. Tienen en claro que lo que está por venir será placer y placer, sin más. Al otro lado del último puente de embarque, el Mediterráneo impecable y el buque de lujo —que se deslizará a 30 km por hora para no perturbar ese plano turquesa, brillante y luminoso— están listos para dispensar una semana de ocio y descubrimiento, en un ámbito siempre confortable.

Prefiero memorizar las cordenadas de mi paraíso por una semana: cabina 1102, sector H, piso décimo, bote salvavidas LB 15, mesa del salón comedor 127, turno para cenar 21.30. A las 17.15 en punto, el Sinfonía se suelta de la última amarra y una multitud se apiña en la terraza. Con ellos, se alborotan los bañistas de la primera hora, europeos blanquísimos ya furiosamente rosados que se estiran sobre reposeras.

Los rezagados del solario llegan a las corridas con lo puesto y el salvavidas sobre el cuerpo, después de asistir sobre la cubierta alfombrada a la instrucción de salvataje impartida en inglés, alemán, francés, italiano y español indescifrable teñido de portugués. Hasta hay quienes saludan con la V de una victoria que parecen haber alcanzado con sólo abordar.

Los pasillos que vinculan las 763 cabinas y 132 suites empiezan a brindar certezas: durante todo el viaje, los 700 tripulantes ofrecerán su mejor sonrisa, se mostrarán dispuestos a resolver cualquier contratiempo y saludarán las veces necesarias en el idioma que hiciere falta. Desde el primer momento, la enorme habitación con balcón al Mediterráneo resulta un despropósito poco aprovechado. Es que en el Sinfonía el dormitorio es la etapa final, el necesario reencuentro con uno mismo. Otorga una fugaz aproximación a la realidad —TV satelital mediante—, después de jornadas de agenda completa. Pasajeros de todas las edades y todos los continentes comparten gimnasio, desayunos, recorridas por seis ciudades-puertos, bares a babor y estribor, proa y popa, casino, teatro, minigolf, cancha de básquet, ping pong y cenas con infaltables sobremesas.

El mar planchado es puro brillo y adorna la fachada gris del primer puerto previsto para desembarcar. Pero Nápoles parece desentenderse de esa postal que reconforta el espíritu y le contrapone el ritmo frenético de sus autos, motos, sccoters, motocicletas y sidecars. Es mejor buscar con precauciones las voces que dialogan desde los balcones escondidos por un manto de sábanas y ropa colgada, porque abajo las máquinas pasan y pasan, se anudan en las esquinas aunque el semáforo pretenda poner algo de orden y, ante el menor descuido, se llevan a los peatones desprevenidos a pasear por la fuerza. El equipo de fútbol de la ciudad acaba de ser campeón de la división C1 y revive la devoción por San Gennaro y Maradona, cuyas proezas en los 80 le valieron un altar al lado del bar Nilo, en el casco antiguo. Al venerado Diego, además, se debe la entronización del estadio San Paolo como templo máximo, a la par de la iglesia del Nuevo Jesús, del siglo XVIII. Cuarenta minutos en ferry separan la ciudad ruidosa que no da tregua de la encantadora isla de Capri. Sus mejores imágenes de mar y acantilados llenan los ojos en la aldea Anacapri. Un teleférico despega de las tiendas de sombreros de hilos, remeras, camisetas de fútbol y arte sacro y alcanza ese punto más alto.

La compañía de una guía facilita el regreso al puerto una hora antes de que el Sinfonía vuelva a encender motores. Una hora después, ya en marcha casi imperceptible rumbo a Sicilia, en el salón comedor desfilan los pasajeros (vestidos con una informalidad cuidadosamente producida) entre camareros indonesios que compiten en elegancia con los huéspedes: saco amarillo, pantalón y moño negros y camisa blanca. Elijo como entrada un cóctel de melón con oporto, sin dejar de mirar de reojo un castrón de bacalao mantecado a la vicentina. Con la entrada recién servida, salta a escena un payaso, que se fotografía con cada uno de los comensales. No se salva nadie del abrazo y el contacto con su peluca afro celeste. Es hora de reír.

La mesa de los ocho argentinos a bordo humea con platos de carré de cerdo al horno con salsa de vino blanco, salmón a la plancha con hinojos fritos e hígado a la veneciana con cebolla y polenta fresca. Por un rato, se terminan las palabras. Hasta que Laura Gallego —una catalana encargada de la animación de los pasajeros— rompe con las formalidades: "No veo la hora de llegar a casa en Barcelona y que mi madre me prepare una tortilla de patatas ¡qué va!". Muy a su pesar, el show sigue en el casino y el teatro, copado por malabaristas, músicos y magos. Los aplausos y la música sinfónica salen de la sala e irrumpen en el bar del nivel 6. Algunos ya buscan la disco.

El Sinfonía atraca en Palermo a las 6.45. Extrañamente, nuestro soberbio gigante de los mares se empequeñece en este puerto formado por varios embarcaderos a lo ancho del golfo. Sobresalen resabios del emirato y las 300 mezquitas que los árabes establecieron en el siglo IX. Se suma el mercado callejero de carnes de la Bucchería, creado por argelinos en el siglo XII. El pasado vuelve a impactar en Monreale. Los turistas se apretujan para admirar la Catedral, sostenida desde hace 800 años por paredes decoradas con mosaicos bizantinos de oro. Esas joyas obsesionan al restaurador Césare, preocupado por las pisadas que le pasan cerca: "llevo dos años limpiando con espátula, trapo y dedos los mosaicos más chicos, de 9 cm cuadrados", se limita a explicar sin levantar la vista del suelo.

El tercer día de navegación vuelve a presentarse impecable. El sol a pleno y el mar tranquilo garantizan una marcha sin turbulencias. La terraza del barco sigue firme con su irresistible atracción. Los dos jaccuzzi se miran de lejos, ya que diez italianos gritones se adueñan de esas minúsculas piletas que prometen caricias. Como un collar silencioso, otros se embriagan de sol en las reposeras y se tiran a las piscinas. Cada uno entiende a su manera el ocio, la diversión, el viaje sólo por placer.

Una bandada de gaviotas anuncia la proximidad de Túnez. Desembarcamos y nos llevan derecho a perdernos en un mercado. Nos recibe una paciente muestra de alfombras cosidas a mano: en un amplio salón escaleras arriba de una tienda, ocho jóvenes despliegan una a una 50 variedades. Muestran cómo se doblan para embalar y enviar directamente a casa. Todo sea por tentarse y comprar. Avanzamos pocos pasos y Gadur nos dicta un curso rápido de preparación de perfumes, que termina en un imperdible regateo entre el vendedor y dos mujeres italianas. La pulseada termina en paz y con gritos cruzados de "sahbi" (amigo), "sukran" (gracias) y "habibi" (cariño): Donatella y Graziella se resistieron al precio de las esencias de cactos y jazmín y se llevaron un turbante de algodón negro y blanco por 12 euros.

Lo más sensato de la travesía fue enterarse recién el cuarto día de que el buffet libre sigue abierto después del desayuno y el almuerzo. También fue causa del descuido que sobrevendría: un par de kilos de más al final del viaje. Será por el desborde gastronómico que cuesta horrores seguir los pasos de la bachata (ritmo de República Dominicana), que la cubana Andrea enseña a veinte mujeres y dos audaces hombres. "Romántico y sensual", reclama la instructora. Todos escuchan atentamente, pero los cuerpos no responden.

El impresionante Palacio de la Almudaina se impone con la Catedral desde cualquier punto de Palma de Mallorca. A 60 km, son un imán ineludible las Cuevas del Dragón, las mayores entre más de mil cavernas de la isla. La erosión del agua durante millones de años diseñó estalactitas y estalagmitas y uno de los lagos subterráneos más grandes del mundo —a 22 m de profundidad—, al que se accede a través de 118 escalones. La visita se completa con un paseo por el lago, después de que músicos en barcazas interpretan "Tristeza" de Chopin en medio de la oscuridad. Una delicadeza inesperada.

Acaba de ser anunciado un buffet libre en la terraza después de la cena. La fiesta se larga con música caribeña desafinada, mientras perfumados pasajeros esperan la orden para vaciar una larga mesa con tortas, dulces, frutas, mariscos, fiambres y pescados. Los camareros ofrecen piña colada, pero siguen de largo con la bandeja llena: el trago se cobra. El cielo estrellado y la brisa suave de Mallorca juntaron a pasajeros, comandantes, camareros, animadores, músicos, bailarines. Otra vez, este mundo que navega relajado toma distancia del otro, real, que palpita ahí nomás, tras la chimenea del Sinfonía y el muelle largo. A Los Latinos —cuyo repertorio se desplazó desde "El humahuaqueño" hasta "Devórame otra vez"— sucede un tal Antonio Vargas y su ballet, de cante jondo y flamenco. El locutor presenta al jefe del buffet y se gana un aplauso, que se transforma en ovación cuando habilita la comilona. A no apurarse: hay que dispensar más aplausos a 15 chefs y esperar a que grite "buen provecho" en cinco idiomas.

Asoman Barcelona y Marsella en el horizonte. El corazón de Cataluña se presenta vital en su Rambla poblada de tiendas, artistas y personajes. Más discreta, la ciudad más antigua de Francia (fundada por marineros griegos en el 600 a.C) deslumbra con callejuelas que suben contorsionándose las colinas rematadas por castillos. Es el último eslabón antes de volver a poner pie en Génova y en el mundo palpable. Generosos, el crucero y el Mediterráneo cumplieron su parte con creces.

02/07/06
CLARIN

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