Hoy (29/07/06) zarpan los veleros. En último lugar lo hará el anfitrión, el buque escuela Juan Sebastián Elcano
CÁDIZ. El puerto de Cádiz borró ayer de su aire el olor a sal. Ni rastro de él. Como si el mar no estuviera pegado a su alma centenaria. Como si nunca hubiera existido en su mente. En su lugar, surgía el olor a la madera recién cortada. Y la presencia de los cables, sobre todo. Cables que invadían el aire y rodaban por el suelo. Ayer por la mañana, cuando se daban los últimos retoques a la puesta a punto de la Regata del Cincuentenario, la electricidad era el bien más preciado. La luz. Al mar no se le hacía caso. El Hendrancht, un velero de bandera holandesa, se llevó parte de la mañana atracado en el muelle Marqués de Comillas. Pero aún no era importante. Ahí estaba. Solitario. No era ése su sitio. Navegó rumbo a la Bahía para hacer tiempo. Tenía que dejar su espacio a otros veleros.

Eso cambió por la tarde. El mar se empeñó en que su olor se esparciera por todo el puerto. Lo consiguió e hizo que entrara a mansalva en los pulmones de cientos de ciudadanos y turistas. Porque el recinto portuario era un hormiguero desde las ocho de la tarde. Ya olía a mar. Y eso que aún no se había inaugurado la regata. Ni los visitantes podían visitar los 14 barcos que llegaron ayer a lo largo de la noche. Pero la gente estaba ahí. Paseando entre los stands y mirando las atracciones. Era el caso de Ana y Antonio, un matrimonio sevillano que ha traído a sus hijos pequeños a Cádiz. "Mira, mamá", gritaba uno de ellos con el dedo apuntando al cielo. Lo que le sorprendió era la noria, con algunos visitantes gritando en las cabinas. Una noria gigante para sus ojos de cuatro años. La noria giraba al mismo ritmo con que caminaban los visitantes. Rápido. Sin parar.

La diversión estaba en lo alto. No sólo para los niños. A los mástiles de los barcos apuntando al cielo se dirigían muchas de las miradas. Al ruido de los helicópteros que sobrevolaban las cabezas. Y al mar, que ahora sí era el protagonista, con algunos barcos, como el de Trasmediterránea, que se alejaban del puerto y dejaban un reguero de humo en el cielo plomizo del atardecer.

Las cámaras estaban a cada paso. Almudena y Álvaro, dos madrileños de turismo en la ciudad, no querían dejar pasar la ocasión de posar delante del Lord Nelson, un recio velero británico con tres marinos de piel rosada y cabellera rubia como el sol. Ellos no hacían otra cosa que mirar el ambiente. Igual que los cuatro tripulantes del barco uruguayo Capitán Miranda, acodados en la barandilla y dejando pasar el tiempo.

Pero esos barcos, tras su orgullosa apariencia, guardan historias tan profundas como los mares que han surcado. El Capitán Miranda, construido en 1930 en Matagorda, es un ejemplo. Aún conserva la filosofía de su primer capitán, Francisco Prudencio Miranda. La filosofía de la pasión por los océanos. El amor por las singladuras. Por dejar actuar al viento y atracar en cada continente sin que importe el tiempo. Es justo lo que ha hecho desde que el pasado febrero saliera de Montevideo.

No sólo en los barcos hubo ayer historias. El recinto sufrió, sobre las diez y cuarto de la noche, un apagón que afectó durante unos veinte minutos a varias zonas. Una de ellas fue la parte donde está instalada la noria. La avería se originó, según fuentes del Ayuntamiento, en un transformador de la Autoridad Portuaria. Las personas atrapadas en la atracción no tardaron en salir con la ayuda de un sistema manual de la propia noria. Luego se hizo la luz. Lo que nunca dejó de estar presente fue el olor a mar. El olor a sal que estará pegado a Cádiz hasta el sábado.
Julio González
29/07/06
DIARIO DE CADIZ










