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Intento criollo de apoderarse de Montevideo en 1810

Por Miguel Angel De Marco, para LA GACETA - Buenos Aires.

 MIGUEL ANGEL DE MARCO

Miembro de número de la Academia Nacional de la Historia. Director del Departamento de Historia de la Universidad Católica Argentina.

La mutua animadversión entre los cuerpos de milicias y las fuerzas de Marina en la ciudad de Montevideo, como consecuencia de la adhesión de los primeros a los postulados de la Revolución de Mayo, iba en aumento con el correr de los días. La expulsión del secretario de la Junta, Juan José Paso, y el juramento a la Regencia, en cuya concreción había sido fundamental la presión ejercida por el jefe del Apostadero Naval, capitán de navío José María de Salazar y sus oficiales, terminó de decidir a los jefes criollos a darles batalla.

Los conciliábulos entre Prudencio Murguiondo, el teniente coronel Juan Balbín González Vallejo, jefe de los Voluntarios de Infantería Ligera, y otros oficiales, arreciaron en los primeros días de julio.

Salazar parecía no entender que del mismo modo como él entregaba sus esfuerzos y ofrecía su existencia en pos de la preservación del dominio hispano, había otros hombres dispuestos a perder sus bienes y su propia vida por una causa que él no dudaba en calificar de independencia. Era tal su convicción acerca del derecho que tenía el Monarca, y en su representación, la Regencia, que en vez de tratar de comprender a quienes no pensaban como él, no vacilaba en calificarlos de abyectos criminales.

Rumores de revuelta

Luego de reunirse con el jefe de milicias, teniente coronel Prudencio Murguiondo, el comandante de Marina supo que se avecinaba una revuelta. Pocos días más tarde tuvo la certeza de que lo apoyaba el coronel Balbín, “hombre decrépito, débil y sin carácter, valiéndose para el efecto de su hijo don Luis, sargento mayor del mismo cuerpo”. Idea que ratificaba el contenido de las cartas que llegaban de la Capital, en las cuales se decía que los dos batallones de alzarían entre el 15 y el 20 de julio, tomando como pretexto la reunión de sus efectivos para la revista de comisario, es decir el acto en el que recibirían sus haberes. El gobierno, carente de fuerzas, “no trataba más que de ganar con la suavidad y dulzura los ánimos, pero lejos de conseguirlo veía que los infames perturbadores aumentaban su arrogancia”.

Si bien los revoltosos contaban con la segura oposición de la Marina, a cuyos integrantes habían oído decir “que correría mucha sangre antes de embarcarnos y abandonar la plaza”, sabían que se hallaban en excelentes condiciones de triunfar. Estaban de su lado los dos únicos cuerpos de la guarnición, cuyos efectivos se acercaban a los mil hombres. Los Voluntarios del Río de la Plata de Murguiondo se hallaban acuartelados “en la ciudadela que domina la ciudad y que encerraba además sobre 300 presidiarios, y el otro en un cuartel que a quince pasos de su frente tiene siete cañones de a 18”. De modo que sólo tenían que vencer la oposición que les hiciesen ciento ochenta hombres de tropa de Marina y ochenta marineros, única fuerza que había podido desembarcar, dejando los buques con sólo los individuos para su cuidado.

En la noche del 11, algunos vecinos se acercaron al gobernador militar de la ciudad para asegurarle que atacarían la casa donde se hallaban reunidos los facciosos, y matarían y prenderían a cuantos se encontrasen en ella. Este mandó poner cincuenta milicianos sobre las armas y avisó a Salazar que cuidase el arsenal. Despreciaba a los ciudadanos en armas, “todos menestrales”, fue preciso recorrer y alborotar al pueblo. Sin embargo, el jefe del Apostadero, confiado en la disciplina de sus hombres, no adoptó nuevas disposiciones y se redujo a aceptar el ofrecimiento de dos oficiales de su cuerpo de pernoctar con la tropa en el arsenal.

Eran las nueve de la noche; se encontró con Murguiondo, quien le dijo que concurría para averiguar por qué motivo habían sido puestas las milicias sobre las armas. Salazar le contestó que se fuera a “su casa y viva tranquilo, que si vuestra merced sigue mis ideas nadie le ofenderá en lo más mínimo”. Don Prudencio le contestó que lo haría, pero que sus oficiales le decían que se armase. Su interlocutor bajó el tono y le hizo ver “la obligación que teníamos de unirnos en favor del rey, pero conociendo que no adelantábamos”. Murguiondo entró al fuerte y se entrevistó con el gobernador.

Cerca de las dos de la madrugada, Salazar recibió una carta de Soria en la que le daba aviso de que Murguiondo y Balbín acababan de reunir sus tropas y de convocar algunos milicianos con el fin de hacer embarcar a la Marina. Al pasar por la Ciudadela, Salazar advirtió que los soldados estaban sobre las armas, pese a lo cual se fue a su casa. No pudo pegar los ojos, porque a las nueve se le informó que Murguiondo y Balbín habían pasado un oficio al gobernador pidiendo que se ordenara el reembarco de las fuerzas de Marina y que fuera relevado el sargento mayor de la plaza por pertenecer a ellas. Al rato lo llamó el gobernador, para decirle que había citado a ambos a su presencia, pero que le habían contestado que no obedecerían mientras no se respondiera a sus demandas. Soria le pidió consejo y Salazar le sugirió que citara al Cabildo “para deliberar lo conveniente sin acceder nunca a solicitudes injuriosas que traerían la ruina de la plaza y la provincia”.

El jefe naval reclutó sin miramientos a cuantos se hallaban en el muelle “y en menos de una hora tenía armados cerca de mil hombres”. Cuando cruzó la puerta del ayuntamiento, se le informó que Murguiondo había mandado a su tropa que abandonara todos los puestos de la plaza y se retirara a la Ciudadela, y que la guardia del portón había detenido a dos artilleros de las brigadas de Marina.

Mientras Salazar se aprestaba a reprimir a los patriotas, a las dos de la mañana recibió parte de que el cuerpo al mando de Balbín marchaba hacia la Ciudadela para incorporarse a las tropas de Murguiondo. Junto con el gobernador militar, que no quería separarse de su lado, corrió de nuevo hacia el arsenal.

Dado el curso de los acontecimientos, ambos consideraron justificado tocar generala. El marcial sonido de los tambores y clarines logró reunir “unos mil hombres y varios oficiales del regimiento de línea de Buenos Aires Dragones y Blandengues”. De inmediato se ordenó “que viniera la milicia”.

Salazar arengó a “las tropas y marinería formadas en batalla” y dio vítores a Fernando VII, a la Regencia y a Montevideo. Pero los oficiales realistas no se pusieron de acuerdo sobre el momento de atacar, por lo que perdieron un tiempo precioso para sus fines. Contaba con tropas de Marina y un batallón de milicias que no se había plegado a los revolucionarios.

Rendición de los criollos

El resultado pronto se hizo previsible para ambos bandos.

El ayudante del gobernador militar se adelantó para intimar la rendición a los insurrectos, so pena de que no se daría cuartel si se derramaba una sola gota de sangre.

De inmediato se acercó el capitán más antiguo y dijo que el mando había recaído en él por no hallarse en el lugar ni Balbín ni su hijo. Entregó su espada, pero no aseguró que actuasen de igual modo los demás oficiales ni que las tropas entregaran sus fusiles. Sin embargo, al entrar Salazar con otros jefes, hallaron a los soldados formados en el patio del cuartel. Se oyeron los gritos de ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la Regencia Soberana! y los milicianos respondieron con entusiasmo diciendo que no sabían por qué se los había tenido toda la noche sobre las armas. Se les mandó reconocer como comandante interino al expresado capitán, y marchar con el resto de los efectivos. En medio de vivas de las tropas y de los vecinos, las columnas se pusieron en marcha rumbo a la plaza del Cabildo, con dos cañoncitos al frente, prontos para disparar.

Al llegar allí, los dos mil hombres comandados por el brigadier Soria y por Salazar, formaron en batalla. Los acompañaba mucha gente armada. El gobernador y el jefe del Apostadero entraron al Cabildo, donde se encontraron con que “allí estaban los cuatro jefes desobedientes”, quienes, dicho sea de paso, habían sido invitados a conferenciar con el fin de detenerlos. Apenas traspusieron las puertas del ayuntamiento comprendieron el error en que habían caído. El alcalde de primer voto manifestó que convenía considerar qué debía hacerse con ellos, pero advirtió que el Cabildo había garantizado su seguridad. Se produjo un profundo silencio que hizo temer al marino que por debilidad “la cosa [quedase] en mucho peor estado [del] que estaba”. Tomó la palabra y expuso “la horrorosa situación de Montevideo en aquel día de llanto y aflicción, viendo a sus hijos armados unos contra otros”.

Hacía un mes y medio, agregó, que la situación era aún peor que en una plaza sitiada “porque teníamos los enemigos dentro y con las armas en la mano”. El pueblo de la ciudad, “por su fidelidad y lealtad era digno de que no se expusiese su honor en las manos de cuatro ambiciosos, sino de que nos sacrificásemos para conservarles estas virtudes”. Volvió a producirse un profundo silencio, roto por la multitud que pedía una decisión pues se aproximaba la noche. Algunos pretendieron conducir preso a la fragata “Proserpina” al jefe de los Voluntarios del Río de la Plata. El comandante de Marina, temeroso de “que se entregasen a los futuros consiguientes”, se ofreció para conducirlo él mismo. Pero las autoridades presentes se negaron a dejarlo salir solo, “temiendo por mi vida entre el tumulto de la gente”.

Esta manifestación hace pensar que no todos los que estaban en la plaza eran enemigos de Murguiondo y que el enfrentamiento entre grupos antagónicos era un riesgo evidente. Así debió interpretarlo Salazar, quien ofreció como solución que los tres jefes que acompañaban a don Prudencio quedasen presos en el Cabildo y que sólo este fuera llevado a la fragata. Finalmente, a la oración, salieron Salazar, el alcalde de primer voto y dos capitulares más escoltando al detenido, mientras “muchos oficiales de Marina” les abrían paso entre la multitud armada.

Antes de salir para el muelle, la tropa había reclamado al jefe de Marina que ordenase el ataque a la Ciudadela con el fin de desalojar a los Voluntarios del Río de la Plata; pero Salazar optó por no hacerlo, para evitar que los cañones que apuntaban a la ciudad fueran disparados sobre la población indefensa. También, con el objeto de no causar víctimas entre sus hombres que aún no habían tenido una sola pérdida. En cambio, se dispuso que Murguiondo firmara una orden para que sus tropas dejaran las armas y los oficiales se retirasen a sus hogares. Fueron portadores del mandato los tenientes de fragata Corcuera y Sagasti y el alférez de navío Gaztambide.

El gobernador dispuso que el lugar de los soldados del cuerpo de Voluntarios fuese ocupado por los hombres del batallón de milicias. A las siete de la tarde, Salazar, ubicado en el escenario de los acontecimientos, ordenó tocar retirada, y a las ocho estuvieron las tropas en los cuarteles y embarcada la marinería en los buques de guerra y mercantes.

En aquella jornada, Salazar y la Marina habían ahogado toda posibilidad de adhesión de Montevideo a la Junta de Mayo y habían asegurado el mantenimiento de la ciudad como baluarte de la causa de Fernando VII en la parte austral de América del Sur hasta el 23 de junio de 1814, en que capituló la plaza a raíz de la eficacia del bloqueo naval por parte de la escuadra al mando de Guillermo Brown, quien completó el cerco del ejército al mando de Carlos de Alvear, y también de la astucia con que este último actuó en sus tratativas con el general Vigodet.

El paso sucesivo fue someter a la obediencia a la campaña, cosa que logró con facilidad el gobernador militar mediante comunicaciones dirigidas a las respectivas autoridades el 19 de julio. En ellas transcribía el oficio según el cual el ex virrey Cisneros lo instituía “como único jefe de la Banda Oriental” y le ordenaba exhortar a los comandantes militares, cabildos y jueces, a que se mantuvieran sujetos a las autoridades legítimas. De inmediato, el comandante de Colonia se desligó del gobierno de la Capital y obedeció al de Montevideo. Por su parte, el Cabildo de Maldonado aceptó bajo protesta de que se lo compelía con agravios a sus fueros municipales y pese a que se hallaba bajo jurisdicción de Buenos Aires.

Para Salazar, la expulsión de Murguiondo y sus compañeros era una medida ineludible. No sólo deseaban que la Regencia los sometiera a un ejemplar castigo, sino que querían alejar toda posibilidad de reacción estimulada por los porteños. Así, el jefe del Apostadero acordó con los gobernadores militar y político la remisión de Murguiondo, Balbín Patricio Beldón, José Cano y Luis Vallejo a Río de Janeiro, a disposición de Casa Irujo, para que a su vez los enviara a España como reos de alta traición. A último momento se decidió perdonar a Balbín en razón de su avanzada edad.

Junto con los prisioneros, la sumaca “Purísima Concepción”, condujo oficios de Soria y Salazar al ministro español en Río de Janeiro, marqués de Casa Irujo, en los que le daban a conocer los acontecimientos y le solicitaban que se hiciera cargo de los prisioneros, pues no deseaban que permaneciesen un minuto más en Montevideo. (c) LA GACETA

03/07/06
LA GACETA DE TUCUMAN

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