Las informaciones recientes referidas al cambio climático que se está produciendo en escala global acentúan las predicciones más severas. En tal sentido, un trabajo auspiciado por el gobierno del Reino Unido presenta una visión catastrófica del futuro que aguarda al planeta en el curso de tan sólo medio siglo, a menos que se tomen medidas de fondo a la mayor brevedad y de manera generalizada.
El último aporte a esta cuestión ha sido elaborado con la dirección del economista inglés Nicholas Stern. Sus conclusiones coinciden en grandes líneas con anteriores investigaciones científicas. El calentamiento global da razones para anticipar males más costosos que los derivados de la Guerra Mundial o de la Gran Depresión de 1929-32.
En el impecable documental Una verdad incómoda recientemente estrenado, el ex vicepresidente norteamericano Al Gore realiza un análisis científico sobre las causas del cambio climático y las consecuencias que tendrá para el mundo. Allí se puede comprender el proceso del calentamiento de la Tierra, producido por el exceso de polución y sus repercusiones sobre los océanos y en las zonas polares. Avalado por investigaciones científicas, Gore resalta la necesidad de que los países, especialmente aquellos que no suscribieron el Protocolo de Kyoto, asuman la responsabilidad de frenar las emisiones contaminantes, así como de que las personas, en su ámbito de acción, controlen el uso de la energía y del agua.
El documental busca despertar la conciencia de las personas, ya que el problema más difícil radica en modificar los "vicios culturales" ya consolidados. Sin duda, el aumento de la temperatura es producido por el exceso de la emisión de gases, particularmente de dióxido de carbono, con responsabilidad mayor de los países industrializados.
Por esa causa se retiene el calor solar que recibe el planeta y se puede prever un aumento de 2,3 grados Celsius en la temperatura promedio global en los próximos 50 años.
Las consecuencias del "efecto invernadero" ya se perciben, pero se agravarán. Se predice la pérdida de cosechas en gran escala, la reducción de las existencias de agua, la destrucción de ecosistemas con la consiguiente extinción gradual de la flora y la fauna, incendios forestales, olas de calor, licuación de hielos polares, elevación del nivel del mar que inundará ciudades y regiones costeras y obligará al desplazamiento de muchos millones de personas. Un cuadro tan sombrío desemboca en un lógico interrogante: ¿qué se puede hacer? Los posibles caminos se conocen, pero se los está recorriendo limitadamente.
Es menester realizar inversiones con el fin de producir nuevas tecnologías, promover la cooperación internacional e instrumentar acciones que reduzcan gradualmente la emisión de los gases que determinan la elevación de la temperatura. El costo es, sin duda, menor que las pérdidas que habría que lamentar por el fenómeno del calentamiento. En este sentido se ha calculado que los daños provocados por el calentamiento global podrían alcanzar un valor que oscila entre un 5 y un 20 por ciento del PBI mundial y que los perjuicios, además, irían agotando los recursos del planeta.
Durante este año, las voces de alarma se han reiterado desde distintos países e instituciones y a través de personalidades de mucha relevancia. El primer ministro inglés Tony Blair ya había respaldado un informe de la Oficina Meteorológica de su país en febrero último y otro tanto ha hecho con el trabajo que dirigió Nicholas Stern. Hubo contribuciones semejantes del Instituto Climático de Potsdam, Alemania, y más tarde, en ocasión de las jornadas preparatorias del Año Polar 2007, David Carlson, geólogo que ha de presidir ese acontecimiento científico, amplió los vaticinios nefastos, corroborados luego por una investigación de la NASA, según la cual los hielos del Ártico ya se han reducido en un 14 por ciento. La solución del problema no admite dilaciones.
La opinión pública mundial reclama acciones pertinentes de sus gobernantes para incentivar la reducción de emisiones contaminantes especialmente de las industrias y los automotores, y la promoción de energías más eficientes. No hay interés superior al de preservar la vida del planeta y el porvenir de las nuevas generaciones. Nada menos que eso es lo que está en juego.
05/12/06
LA NACION


