¿Por qué me volví pirata?

FotoLo explica el nómada encarcelado de por vida.

(FNM) “En nuestra cultura fuimos nómades y creímos que era nuestro derecho tomar ovejas, tomar ganado. Así es como vemos a los buques. Son nuestra ovejas, y las tomamos”.

Los buques de los que Farrah Ismail habla, son los que van y vienen a través del Cuerno de África. Y la cultura a la que se refiere es la de los nómades de Somalia, que han estado incursionando sobre tribus o clanes rivales por siglos.

La historia de cómo esta mirada nómada del mundo ha llevado a atacar a una de las rutas comerciales más importantes del orbe, es la historia de Ismail.

Este hombre de 38 años languidece ahora a cientos de millas del mar, en uno de los lugares más áridos imaginables, la prisión de Mandera, en el desierto de Somalia.

Uno, de apenas un puñado de piratas confesos, ha sido sentenciado de por vida en este marchito fuerte colonial construido por los británicos para albergar a una anterior generación de disidentes, rebeldes y criminales comunes.

Capturado infraganti cuando se preparaba para lanzar un ataque en el Golfo de Adén desde el puerto de Berbera, se muestra ajeno a la habitual necesidad de evasión. Su relato, explicando cómo y por qué vino a esa provincia separada del norte, es pasmosamente directo.

“Vine aquí desde un pueblo llamado Eyl”, el puerto que es el corazón de la ola de piratería de las costas somalíes. “Vine aquí para secuestrar buques comerciales en las aguas frente a Berbera”.

Sentado en una sala llena de guardiacárceles, y vestido con una descolorida remera gris con las letras U.S.A. escritas en amarillo, rojo y verde, el hombre continúa:

“Decidí venir aquí porque está más cerca de los buques. No había piratas, y yo podía tener éxito”.

Típicamente delgado, pero no tan alto como algunos de sus compatriotas, Ismail habla en un inglés imperfecto pero corrido, sólo interrumpido para disfrutar del lujo de unos cigarrillos gratuitos.

A diferencia de lo que muchos piratas declaran, él no comenzó su vida como pescador en las inmensas líneas de costas que se extienden alrededor del Cuerno africano. Ismail creció en Mogadiscio, la capital de Somalia, abandonada por Italia luego de su derrota en la Segunda Guerra Mundial.

“Me convertí en mecánico. Puedo arreglar cualquier cosa”, afirma con tono seguro.

Llegó a la zona de la costa siendo un joven y manejó su propio taller en Bozazo, en el centro de Puntland, otra provincia separada de este fracturado país.

Una vez allí, exploró y obtuvo la oportunidad por la que muchos otros jóvenes somalíes se desvelaban. El principal sustento de la economía del país había descansado por mucho tiempo en el arreo de ganado para su exportación a través del Golfo hacia Arabia Saudita, en su mayoría para alimentar a los peregrinos del Haj. Pero pescar para obtener dinero en lugar de comida, era algo comparativamente nuevo, y para Ismail significó encontrar una buena fuente de ingresos.

Cuando en 1993 logró tener su propia embarcación y un motor, pudo crecer rápidamente en el pequeño negocio de la captura de langostas y tiburones, logrando unos 500 dólares por mes. Entonces se casó.

“Tenía agentes en Dubai, y compraba redes para tiburones a 108 dólares cada una”

Somalia ostenta una de las más ricas pesquerías del mundo, un hecho que no pasó desapercibido para los depredadores extranjeros tras el colapso del gobierno central, en 1991. Los pescadores somalíes les vendían sus productos a los Estados del Golfo y a compañías italianas, y la prodigalidad del área era conocida.

Los buques pesqueros comenzaron a aparecer, provenientes de Egipto y la cercana Kenia al principio, pero desde tan lejos como China, posteriormente.

“El primer tema que nos impulsó a hacernos piratas fue la presencia de esos pescadores. Venían barcos, venían arrastreros y destruían todo, hasta los peces más chicos en nuestra zona”.

Ismail perdió sus redes para tiburones en choques con arrastreros. Otros perdieron sus barcos o vidas.

Las operaciones de los pesqueros extranjeros eran sentidas de tres formas, según Ismail: “grandes buques arrastreros entraban a nuestras aguas, destruían nuestras facilidades, colisionaban con nuestros barcos y hasta mataron gente”.

“Algunos volcaron basura tóxica en nuestras aguas”.

Y finalmente: “comenzaron a aparecer grandes buques de crucero y petroleros”.

Todo cambió a su juicio en 1997, cuando los pescadores somalíes atacaron a un buque arrastrero keniata. “Ellos tenían nuestra langosta y pescado a bordo. Mostramos a la comunidad mundial lo que se llevaban”.

Lo que Ismail insiste en afirmar que comenzó como una operación policial, se transformó rápidamente: “Al principio se trataba de hostilidad entre nosotros, y de deseos de vengarnos. Pero cuando pagaron rescates, decidimos capturar más buques para cobrar más rescates”.

El ex – mecánico se tomó su tiempo para atravesar los límites, pero finalmente se unió a las crecientes bandas de piratas que operaban desde Eyl en el noreste de Somalia.

“Usando mi propio barco, conseguimos todo: teléfonos satelitales, armas… Nos fuimos mar afuera. Desafortunadamente no podíamos alcanzarlos por la velocidad. Se movían más rápido que nosotros”.

Hablando más velozmente ahora, el hombre narra otro intento fallido, en el que con un motor más grande logró arrimarse a un buque portacontendores, pero su escala no pudo alcanzar la cubierta.

Lejos de ser cómicos, estos fallidos intentos subrayan la extraordinaria adaptación de sus connacionales, la mayor parte de los cuales tiene poca experiencia en el mar, y que sin embargo se han transformado en duros piratas, capaces de detener supertanques y burlar a una flota multinacional de buques de guerra.

El tercer intento de Ismail implicó una previa modernización de su armamento. “Conseguí varias armas, un bazooka, varios AK 47, una pistola y un teléfono satelital. Usamos uniformes de los guardacostas de Puntland”.

Él cree que hubiese salido todo bien, de no ser por un informante que delató a toda la banda a las autoridades, ansiosas por demostrar que estaban combatiendo la piratería.

No hay simpatía por los hombres de mar a los que asaltan, y a quienes Ismail visualiza como representantes de un mundo que se mantuvo al mergen mientras Somalia era explotada. “Me importan un bledo”, afirmó con un raro destello de ira. “Son como ganado para mí, esas ovejas son mías”. “¿Por qué no se fijan ustedes en la destrucción que ellos nos han causado?”

“Esta vez nuestro problema ha alcanzado también al mundo exterior. Finalmente, el resto del mundo sabe que el secuestro de buques fue para nosotros una forma de castigo”.

La piratería ha tenido siempre épocas en el Cuerno de África. Cuando el mar está en calma, los buques madres y sus embarcaciones salen. Cuando está arbolado, se repliegan sobre los acantilados y bahías somalíes.

Se ha afirmado que la solución militar está funcionando. Sin embargo, hasta ahora la flota multinacional tiene menos impacto que el clima.

NATO y otras misiones internacionales se han felicitado a sí mismas por la reducción de la amenaza. Ismail, tiene una mirada diferente sobre el tema.

“Las armadas pueden pensar lo que quieran. Les hemos demostrado que nos vamos a defender, cambiaremos las tácticas”

A pesar de su sentencia a prisión perpetua, Ismail – padre de dos hijos- se anima sobre posibles soluciones. “Necesitamos entender esta solución. Necesitamos que la gente nos escuche, crear empleos para esas comunidades pesqueras. La provisión de  facilidades, es la forma  en la que puede detenerse estos problemas”.

El rebufo de la reciente muerte de por lo menos seis piratas, a manos primero de los franceses y luego de las fuerzas navales estadounidenses, se ha sentido incluso, dentro de las paredes de Mandera.

“Lamento mucho que los franceses y estadounidenses peleen contra los piratas. Yo no fui ni a Francia ni a EEUU, nosotros tomamos los buques en nuestras propias aguas”.

“Si siguen así, empezaremos a destruir sus buques y matar gente. Entonces, las consecuencias serán serias y duras. Por Daniel Howden.

Adaptado al español por NUESTROMAR. Fuentes: The Independent, Maritime News; 16/06/09.

19/06/09
NUESTROMAR

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