En los anales del comercio de drogas, los traficantes se han tragado “pellets” de cocaína, han disuelto el polvo en cerámicas y han enviado droga por vía aérea a lugares tan distantes como el África en endebles aviones.
Es decir, han hecho cualquier cosa por eludir la detección y poder introducir un producto lucrativo en el mercado. Ahora, según parece, los carteles están cada vez más, navegando bajo las olas para mover toneladas de cocaína, confiados en submarinos construidos en astilleros clandestinos en la jungla.
El año pasado, fueron capturados 13 de estos buques, ya sea en tierra o detenidos en el mar, por patrulleras de Colombia o los Estados Unidos. La cantidad es superior a la sumatoria del total de los 14 años previos, según lo informado por la Flota del Pacífico de la Armada de Colombia, que es responsable por el esfuerzo de interdicción en un espacio de 130.000 millas cuadradas.
Oficiales navales expresaron estar preocupados de que muchos más submarinos podrían haber superado las patrullas, especialmente ahora, con nuevos modelos más rápidos y con diseños de mejor comportamiento en el mar, que aquellos primeros descubiertos por la Armada colombiana en 1993.
“Este enemigo es muy inteligente y tiene cantidad de recursos económicos”, explicó el Almirante Edgar Cely, Jefe de Operaciones de la Armada. “Y esto muestra que los narcotraficantes están apostando a este método”.
La escasamente habitada franja costera del Pacífico, donde barrosos ríos descargan al océano, ha sido desde larga data un paraíso para los contrabandistas. Detrás de acantilados recortados que caen sobre el océano, se extiende una vasta jungla, espesamente entrelazada con bóvedas de manglar y con miles de vías acuáticas.
La topografía es virtualmente ideal para el transporte de cocaína producida en los laboratorios clandestinos ubicados en inmediaciones del estado de Narino, donde la guerrilla de izquierda, el remanente de un ejército paramilitar y los traficantes de drogas pugnan entre sí por el ejercicio del control.
En años recientes, los traficantes habían estado utilizando lanchas rápidas, fabricadas artesanalmente con fibra de vidrio y montadas con poderosos motores, que les permitían alcanzar velocidades de cerca de 60 nudos. Pero, estas embarcaciones rápidas producían una larga estela, fácil de identificar desde el aire.
Los nuevos barcos son más difíciles de neutralizar. Aunque son popularmente llamados submarinos, se trata –hablando con propiedad – de sumergibles. No pueden navegar en profundidad como los verdaderos submarinos. No obstante, los cascos de estas embarcaciones permanecen debajo de las olas, dejando solo el “cockpit” y las tuberías de escape visibles desde la superficie.
Algunos de estos nuevos buques, con alerones de formas extravagantes, y tuberías asomando al exterior, rememoran a aquel Nautilius del Capitán Nemo, surgido de la imaginación de Julio Verne. Otros tiene forma de cigarros, angostos e hidrodinámicos, no muy diferentes a los “U-boats” alemanes que acecharon en el Atlántico Norte durante la I Guerra Mundial.
Según lo expresa el Capitán de Navío Gustavo Ángel, estas versiones colombianas, construidas bajo la cobertura de la selva en campamentos provistos de facilidades de alojamiento para los trabajadores, pueden costar unos dos millones de dólares, y demandar cerca de un año para su construcción. Ángel es el comandante de una flotilla de 18 embarcaciones que operan desde la base naval ubicada en Bahía Málaga, la más importante de Colombia sobre el Pacífico.
“Lo más impactante es la capacidad logística de estos criminales para llevar todo este material al interior de la jungla, incluidos equipos pesados como los de propulsión y generadores”, explica Ángel, quien ya lleva años combatiendo a los traficantes de drogas.
Para los traficantes, el rédito bien vale enfrentar los problemas para alcanzar América Central, primera etapa del circuito con destino final en los EEUU. Una carga de diez toneladas puede alcanzar un valor de venta en las calles del país norteamericano, cercano a los 200 millones de dólares.
Una de las embarcaciones, incautadas a poco de terminada su construcción, está en exposición en una dependencia naval. Tiene un motor diesel de 450 HP, capaz de trasladarla hasta los EEUU. Con una eslora de 60 pies, la embarcación está diseñada para alcanzar una velocidad de 11 nudos y medio, y transportar hasta diez toneladas de cocaína, cinco veces más que las lanchas rápidas.
Dado que gran parte de su superestructura es de fibra de vidrio, resulta prácticamente imposible detectarlos vía sonar. Poseen también tanques de lastre para balanceo, y sistemas GPS para la navegación. Los oficiales navales han admitido su admiración hacia los ingenieros que diseñaron los barcos, afirmando que fueron hechos con buen comportamiento marinero y para soportar largos viajes.
“Si se fija en éste, se dará cuenta que respetaron las normas navales de construcción”, decía el Teniente Miguel Higuera, momentos antes de descender él mismo por la escotilla. “Está reforzado, así que el sumergible puede tener una gran resistencia”.
A pesar de todo, el sumergible – uno de los tres en exposición en la base de Bahía Málaga” – no es precisamente el Octubre Rojo.
No tiene baños, ni compartimientos privados para el descanso. Para el piloto y los tres tripulantes, el espacio operativo es reducido y produce entumecimiento. La embarcación tiene un sistema de ventilación, pero con el motor rugiendo a 60 centímetros de distancia, el calor debe ser sencillamente insoportable, teorizan los oficiales.
Según explican los oficiales, la idea fue la de varar el barco en la playa, descargar la cocaína y abandonarlo. “La pregunta que flota en el aire, es cuántos habrán podido sacar”, afirma Ángel.
Algunos han llegado lejos. En 2006, un sumergible de 33 pies fue encontrado abandonado en la costa norte de España, donde las autoridades sospechan que la tripulación había bajado la carga de cocaína antes de huir.
En el año 2000, la policía colombiana descubrió un sumergible de 78 pies a medio construir, con ayuda de ingenieros rusos, en unos galpones en las afueras de Bogotá, en las alturas de los Andes.
Las autoridades dijeron entonces que los delincuentes planeaban completar la construcción y transportar las partes hacia la costa, donde el sumergible sería rearmado. El barco de doble casco tenía autonomía para navegar 2.000 millas, sumergirse 330 pies y transportar 150 toneladas de cocaína. Por Juan Forero, Washingtopn Post.
(Fuente: Startribune; 11/02/08)
13/02/08
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Traducción de NUESTROMAR





