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El realismo después de La Haya y la demanda marítima boliviana

El abogado boliviano Gonzalo Mendieta describe el itinerario histórico de la demanda marítima boliviana y da pistas de por dónde puede evolucionar un nuevo relato después de La Haya.


En su ensayo sobre la circulación de las élites, Vilfredo Pareto hace una analogía entre las opiniones políticas y la bolsa de valores. En general, la gente compra cuando el mercado va en alza y vende cuando el mercado cae. Los que saben suelen hacer lo inverso para asegurar ganancias, “aunque no falta el que se deja llevar por la emoción”. Así, “durante un período de boom cualquier argumento mediocre respecto a que ese boom debe continuar tiene un gran efecto persuasivo, y si usted tratara de decirle al hombre que, después de todo, los precios no pueden subir indefinidamente, esté seguro  que no lo oirá. En la tendencia a la baja, por otro lado, los argumentos persuasivos son los que tratan de inducir la creencia de que todo va mal y que el precio de las acciones debe caer. Cualquier razón para levantar los decaídos espíritus será en vano”.

Siguiendo a Pareto, la derrota de 2018 en La Haya ha invertido el énfasis. Antes del fallo, intelectuales y políticos, casi sin excepciones, nos veíamos agolpados por un lugar en la foto, la autoría de un argumento o al menos una cita en uno de los escritos del litigio o siquiera en la prensa. Hoy, que el mercado cae, el escepticismo es ley y queda mejor asegurar que todo acabó.

Ya pasamos por esto

Un panorama semejante hubo después de que la Sociedad de Naciones rechazara nuestro pedido de revisar el Tratado de 1904, a inicios de los años 20, o cuando Perú y Chile suscribieron, en 1929, el Protocolo Complementario al Tratado de Lima y resolvieron dejarnos entre montañas y selvas. Un autor chileno cuenta: “en la capital altiplánica no reinaba, particularmente, el optimismo.

Como en 1883, en 1926-27 y en 1929 se escapaba otra oportunidad de solucionar el problema marítimo entre los tres países. El diario boliviano La Razón decía el 3 de junio de 1929, día de la firma del Tratado de Lima, que mientras en Chile se niegue a atender los derechos de su país sobre salida al mar, la paz se verá amenazada”.

El tema marítimo estaba vigente también en esos años. Al grado de  que Conrado Ríos Gallardo, el adversario diplomático de Bolivia, “declara con singular franqueza que Chile se sirvió del Paraguay como de un instrumento para llegar al fin que se proponía de liquidar su pleito con el Perú. Explica que su violenta nota del 16 de diciembre de 1928 tuvo por objeto paralizar las gestiones que hacía Bolivia en Washington y la propaganda que realizaba en Río de Janeiro y Buenos Aires, para intervenir en las negociaciones de Tacna y Arica…”. En esa nota Chile apoyó al Paraguay por los incidentes fronterizos que presagiaron la Guerra del Chaco.

No obstante, contra el pesimismo de ese tiempo, a fines de los años 40 Bolivia ya negociaba una salida marítima con Chile, pese a que los reveses parecían expresar que el consenso peruano-chileno de 1929 era tan firme como el Tratado de 1904.

La incidencia del tema marítimo se mantuvo siempre y no es sólo obra del nacionalismo

La obsesión boliviana por el Pacífico tiene fundamentos reales, como veremos luego. No es sólo fruto del sentimentalismo, la sublimación o el lavado de cerebro del nacionalismo revolucionario. Las consecuencias de la Guerra del Pacífico en la mentalidad boliviana son anteriores incluso a la existencia de un sistema educativo que pudiera inculcar la “doctrina antichilena”.

Antes de que el nacionalismo se llamara tal, Narciso Campero exilió a su vicepresidente Aniceto Arce, no bien acabada la guerra para Bolivia, por las diferencias entre la posición práctica de Arce, afín a un acuerdo con Chile, y el belicismo de Campero (si bien ya sólo en la retórica y en el apoyo oculto a la guerrilla peruana de Cáceres).

Pocos años después, los Tratados de 1895 del presidente Baptista sucumbieron por la perjudicial oposición liberal. Esos mismos liberales vieron su bancada parlamentaria fracturarse en 1904, entre los del sur y los del norte, a raíz de las diferencias por el Tratado que suscribieron, habiéndose opuesto a los negociados por Baptista…

En 1920, uno de los motivos de la revuelta de julio fue el malestar alimentado por el Tratado de 1904. El “montismo” liberal  era acusado de haber sido seducido por Chile. Sus detractores se reclamaban seguidores del “camino nacionalista” (ahí surge ese término, antes de que lo usara Hernando Siles al fundar su partido), que tenía fija la idea de la reivindicación, el retorno de los territorios perdidos por la Guerra, “como el sagrado deber que le imponía la historia y la tradición de la república”.

Los republicanos hicieron la revolución de 1920 coreando  el “odio a Chile”, según relatan combatientes de esos días, en medio de noticias de movilizaciones de tropa chilena en la frontera. Los republicanos alzados acusaban a la Guardia Blanca, el grupo de choque liberal, de “desconocer los sentimientos del país y pisotearlos cínicamente, con una adhesión incondicional a Chile. Al grito de ¡Viva Montes! ¡Viva Chile!...”

La historia revela la presencia latente de la cuestión marítima en la mentalidad boliviana. En la Guerra del Chaco las objeciones chilenas a internar armas por sus puertos pusieron al país a dudar de la conveniencia del libre tránsito acordado en 1904. Y las cartas intercambiadas en 1950 fueron fruto de gobernantes liberales y conservadores pre-52, no de nacionalistas.

Como generaciones posteriores a la Guerra del Chaco, atesoramos el efecto de esa contienda en integrar al país, pero olvidamos que las previas sentían lo mismo respecto de la Guerra del Pacífico, como se puede leer en los escritos de Ignacio Prudencio o en la biografía de Aniceto Arce que escribió Ramiro Condarco. Esa memoria no se ha perdido. Lo que queda es conducirla, no negarla como se ha intentado varias veces, sin éxito. Piensen cómo el eco de esa memoria resurgió en 2003.

Los argumentos puramente “practicistas” siempre existieron y se ejercitaron, pero tampoco acabaron con el entuerto.

Los liberales que firmaron el Tratado de 1904, asistidos de razones para evitar el estrangulamiento comercial de la República, pero falsamente esperanzados en que los ferrocarriles suplirían al mar, fracasaron en imbuir a la nación de su mirada exclusivamente comercial y práctica.

El revés histórico de los que suscribieron el Tratado de 1904 debería advertirnos, incluso por realismo político,  de la necesidad de resolver este tema. Dejarlo atrás y apelar al comercio ha sido el plan recurrente de una parte del país, pero hay que preguntarse por qué sucumbió y con los mismos argumentos, una y otra vez. Hacerlo es indispensable; de lo contrario, nos esperan de nuevo las consecuencias de esa sentencia de Ortega: “Toda verdad ignorada prepara su venganza”.

José Carrasco, defensor del tratado, afirmaba en 1905 que “las épocas sentimentales han pasado para no volver más (…). El siglo es del positivismo y sólo los intereses dominan. Los odios y las guerras pasados desaparecen ante los intereses presentes y futuros”. Carrasco, corroborando que el antichilenismo acerbo es previo al nacionalismo, criticaba en 1905 el “odio a Chile”, que movilizaba a una fracción de la política boliviana. “El odio a Chile es más que un precepto sagrado de la patria; es instinto invencible de la naturaleza” citaba Carrasco de un autor contrario.

¿Por qué Paz Estenssoro cambió de posición?

La misma carrera de Paz Estenssoro induce a meditar. Dirigiendo el primer MNR, Paz debutó en este asunto con una carta de septiembre de 1950 a Hernán Siles, divulgada recién en 1964 por sus mutuos desafectos. En esa carta, Paz Estenssoro sostenía: “A nosotros (al MNR) no nos conviene que la cuestión portuaria tenga solución inmediata…”. Como a tantos políticos, al MNR le aterraba que su rival, Urriolagoitia, llegara a un acuerdo portuario con los chilenos (en las negociaciones que culminaron en las cartas de junio de 1950).

En su carta de 1950, Paz sintetizaba una tesis que renace hoy: “Para nosotros el problema del puerto no figura entre los de primera fila que confronta Bolivia. Más premioso y más conveniente desde el punto de vista del interés nacional es poner toda nuestra capacidad, energías y recursos en desarrollar los grandes factores potenciales en el orden económico y humano que encierra Bolivia”.  

Posteriormente, en los años 50, Víctor Paz sólo puso énfasis en la integración y el libre tránsito con Chile, sin retomar negociaciones portuarias. Luego, en 1962, por el desvío del Lauca, Paz consintió que su canciller Fellman Velarde rompiera relaciones con Chile e instalara su doctrina –y quizás una dosis adicional de teatralidad–, con el disenso de diplomáticos de la talla de Víctor Andrade. Éste, por su desacuerdo con la decisión de Fellman, renunció a la Embajada en EEUU. Andrade sostenía que incluso en la Guerra Fría las potencias enfrentadas mantenían relaciones diplomáticas.

Es decidor, pues, que el mismo Víctor Paz, después de su larga experiencia de estadista, culminase su carrera intentando reeditar, en las negociaciones del Enfoque Fresco de los años 80, las tratativas previas de Charaña y la propias de 1950. ¿Oportunismo marítimo?; quizás. Pero también es posible que su visión histórica promoviera su cambio de posición por motivaciones realistas, adversas a la política del deber ser. La misma mirada que lo llevó a dejar las privatizaciones (sobre todo la de YPFB) a sus sucesores, porque eran “la madre de las batallas”, como fueron.

El último Paz Estenssoro entendía ya que “nuestras relaciones con Chile debían ser encaradas con criterios innovadores y ‘frescos’ que buscaran un arreglo a las diferencias entre los dos Estados” y eso incluía el tema marítimo, según su cónsul general en Santiago de esos años, Jorge Siles Salinas.

Controlar los utopismos y atender las razones concretas del malestar

La lección es que debemos controlar dos tipos de utopismo respecto del mar. El de quienes siempre han predicado, sin éxito ni político ni económico, que sólo resta extirpar el mar de nuestra alma. Y también el utopismo contrario, el de los que en el fondo creen que hay que devolver la moneda de la guerra, así sea por otros medios; lograr el ansiado desquite, aunque sea a cuotas.

El Gobierno miente y, más grave, se miente, al intentar colorear la derrota. La demanda en La Haya fracasó. Sin embargo, esa demanda puede leerse también como un desahogo del malestar boliviano. Personalidades como Armando Loayza, nada propenso a inflamar el ánimo nacional, mientras advertía de sus riesgos, vio también la demanda en La Haya como un síntoma de ese malestar.

Lo mismo pasa con la constitucionalización de la cuestión marítima, aunque ésta fuera pensada, si se lee con atención, para calzar con las negociaciones de Evo con Bachelet. El texto de las normas constitucionales muestra cuán modesta devino la aspiración boliviana, que no se animó, ni en el momento de mayor efervescencia política, a constitucionalizar en serio el reivindicacionismo de los territorios perdidos, y se abrió más bien a un acuerdo “… sobre el territorio que le dé acceso al océano Pacífico y su espacio marítimo” (Art. 267 de la Constitución).

Las causas de ese malestar no son sólo emotivas ni fruto del trauma, que sí existe. Por ejemplo, más de la mitad de la población boliviana comercia directa o indirectamente por puertos chilenos. El comercio por la hidrovía alcanza apenas a un tercio del de los puertos chilenos y se especializa en ciertos productos; el que transita por Ilo llega a un 2% del flujo comercial que pasa por Arica y Antofagasta. Incluso promoviendo alternativas, que es lo que se debe hacer, los puertos del Pacífico no dejarán de ser una de las salidas naturales bolivianas.

Cualquier observador internacional realista, sin debilidad por la causa boliviana, coincidiría en que es normal que un país con la densidad demográfica del occidente boliviano y con buena parte de su flujo económico volcado hacia el Pacífico, busque una salida marítima cómoda y, ojalá, bajo su control.

Quienes alegan que Bolivia debe archivar su deseo de puerto porque no está cimentado en razones prácticas ignoran los datos internacionales (el último que conozco, difundido por The Economist) que muestran que los países que prestan servicios portuarios (como Chile) a otros (como Bolivia), normalmente no invierten ni se ocupan de esos puertos como lo haría el interesado. No es un demérito exclusivo de Chile, aunque a veces use el instrumento para pisarnos los callos; es un asunto de incentivos, de cuánto se invierte en uno mismo y con prioridad, y cuánto en el vecino, que no es prioritario.

Arica ya colapsa para absorber el comercio internacional de Bolivia y en Antofagasta los exportadores mineros sufren tanto como ignoran los que presumen que el prurito por el Pacífico es resultado sólo del currículo escolar sesgado. La falta de inversiones en Arica, reconocida sotto voce por personalidades de Chile, el que las relaciones portuarias boliviano-chilenas estén sujetas a las apreturas del concesionario, como en Antofagasta, y que los bolivianos exportadores, choferes o comerciantes carezcan de canales directos para hacer oír su voz sobre el servicio portuario, ceba la animosidad entre ambos países y la difunde en la base popular, removiendo viejos rencores.

En pasados años, conflictos entre ambos países escalaron por la queja de exportadores, comerciantes y operadores bolivianos. En otras condiciones serían simples desencuentros entre el prestador de servicios y sus clientes, pero ahora acaban en pulseadas diplomáticas, por los problemas irresueltos. Éstos no desaparecieron por la derrota en La Haya. Si no se los atiende, profundizarán las diferencias. Cualquier observador imparcial aconsejaría un arreglo.

Una frontera con grave déficit político

Un espectador realista tampoco negaría que la frontera entre Perú, Bolivia y Chile adolece de un grave déficit político. En los años 70, fue capaz de llevar a Perú y Chile al borde de la guerra y suscitar la negociación de Charaña; en los años 80, motivó a Chile y Bolivia a negociar fallidamente; en los 90, tuvo a Chile y Perú cerrando la década con un acta de ejecución de asuntos pendientes del Tratado de 1929, que supuso que no habría más diferencias, para en la siguiente empujar a Perú a demandar a Chile en La Haya.

Los años 2000 alertaron también de ese déficit político, pues vieron nuevas negociaciones boliviano-chilenas, el paño frío de las “cuerdas separadas” peruano-chilenas (algo que Bolivia debió emular, en lugar de que el Presidente hostilizara), en medio de su litigio internacional. En la década siguiente se presentó la demanda boliviana y se dictó sentencia en la peruana, con una reducción de la soberanía territorial marítima chilena, y con el nuevo entuerto del triángulo territorial fronterizo que aún hoy confronta a peruanos y chilenos.

El respeto a los tratados tiene buena prensa en Chile, como eje de su defensa territorial, pero, según sus propias evaluaciones, Chile ha perdido soberanía marítima con Argentina, en el acuerdo del Beagle, y con Perú, en el litigio de La Haya. Más de lo que cualquier pretensión boliviana le hubiera costado. Chile se ofendió por nuestra demanda, pero fue la peruana la que tuvo costo territorial.

No existe otra frontera en Sudamérica sujeta a esos temblores, que revelan vacíos relacionales de fondo. Personalidades chilenas de peso no ignoran esta realidad, según he comprobado. Entre esas deficiencias está la falta del tejido mínimo de los intereses de los tres países y no poder desmantelar las sospechas. Como las que inducen a cualquier estratega chileno o peruano a interpretar que mayores facilidades para Bolivia o, eventualmente, un puerto propio, podrían ser una vía para que actores más poderosos ganen influencia en el Pacífico, a través de Bolivia.

El sentimentalismo explica, pero no es suficiente

El sentimentalismo no basta para explicar el afán boliviano. Una pregunta más ácida es si Bolivia está en los intereses estratégicos de Chile, incluso si fuera sólo para el comercio. Las modestas ventajas logradas con el Acuerdo de Complementación Económica (ACE) suscrito entre Bolivia y Chile en los años 90, cuando el mar no era tema, no abonan la ilusión meramente “práctica”.

Las negociaciones marítimas entre ambos países estuvieron inspiradas casi siempre por otros intereses de Chile. Esto, sin dejar de mencionar nuestra volubilidad y falta de vocación concreta. En el año 50, González Videla negoció con Ostria Gutiérrez porque le preocupaban Perón y la influencia argentina en Bolivia; en los 70, a Pinochet lo turbaban Velasco Alvarado y los militares argentinos; y en los 2000, a Bachelet le importaba la demanda peruana. El malestar boliviano también deriva de que lo que para nosotros es sustantivo para Chile parece ser lateral.

¿Qué debe cambiar?

Lo que debe cambiar por el fracaso en La Haya no es el fin, sino afinar la estrategia. Primero, aceptar el duelo por lo ocurrido en 2018. Vencido el período de luto, modificar no sólo el clima de las relaciones (los cambios políticos suelen lograr eso), sino la sustancia, sabiendo de antemano, por negociaciones pasadas, que las dilaciones chilenas son leídas aquí como desgano o gambeta y que ellos temen que nuestros objetivos se amplíen sin límite.

El déficit político de la frontera se mantiene y con síntomas recientes, como la altisonancia de autoridades chilenas, la campaña inicial del humalismo peruano contra Chile, reminiscente del velasquismo militar, o la jerga del presidente Morales, proclive a manejar las relaciones internacionales con la receta del peronismo de “nosotros contra ellos”. Ese déficit político no es sólo asunto nuestro. A Chile también le interesa zanjarlo.

El modo en el que ambos países nos leemos recíprocamente por nuestros relatos nacionales es otra traba. Bolivia se ve como una víctima en general, y Chile como el civilizador ante los bárbaros. Es hora de darles conciencia a esos relatos, no para reputarlos inexistentes de modo voluntarista, sino para conducirlos, procurando que no se adueñen de nuestro destino. Dejar de reproducir automáticamente la narrativa que ambos países conocemos de memoria, en la que un argumento tiene respuesta maquinal del otro lado, amparada en algún episodio histórico.

No dejarse llevar por “la caída de la bolsa de valores”

Los críticos de la aspiración marítima se reproducen ahora como hongos, pues el mercado bursátil cae, como diría Pareto. Pero así como no hay que temer un examen que desentrañe la verdad de lo ocurrido en La Haya, hay que eludir los ajustes de cuentas sucesivos de política interna que saboteen un futuro diálogo entre los dos (o tres) países, cuando la marea baje. Entonces necesitaremos dar libertad a los negociadores, aliviarles la carga de los relatos nacionales como no hicimos en el pasado y, ojalá, forjar un consenso mínimo. Habrá que permitir que todos los bandos políticos cosechen de un eventual éxito. Y constituir, con perfil bajo, para éste y otros fines (no solamente relacionados a Chile) un Consejo del Mar permanente, calificado y plural, libre de genuflexiones al régimen de turno.

Necesitaremos, además, humildad histórica en ambos lados de la frontera. No se ha podido resolver en una sola generación este diferendo (imaginen si hace casi 50 años se hubiera persistido en las negociaciones de Charaña), pero hay modelos, como los tratados peruano-ecuatorianos de Tiwinza, que terminaron sus altercados fronterizos hace más de 20 años y, por lo visto, para siempre. Los temblores de su frontera Norte son suficientes como para que también Chile desee un nuevo escenario, así sea de a poco.

La “depre” no nos deja ver, pero no es descartable una negociación afincada en el gradualismo. Se podrían tratar las controversias de aguas, que exceden al Silala, buscar que nuevos puertos se sujeten al Tratado de 1904, en una interpretación amplia del libre tránsito, sin los trámites que han dejado a Iquique en medio de ese alambicado papeleo, creado por la interpretación restrictiva de ambas cancillerías.

Y mirar las relaciones diplomáticas como un punto de llegada, sin ingenuidades, conforme la sustancia dé paso al mero cambio de clima en las relaciones entre Bolivia y Chile, por ejemplo al explorar nuevamente opciones a medio camino entre el régimen actual y el soberano para Bolivia. Dejar descansar al canciller Fellman Velarde y a su duradero influjo. Portar una visión que al menos incite a nuestros vecinos a evaluar si es preferible el status quo de la tirantez. Las declaraciones de Ricardo Lagos, efectuadas inmediatamente después del fallo de La Haya, de que cabe retomar las negociaciones anteriores al litigio, son al menos una señal en esa vía y son sugerentes porque Lagos las formuló al salir de la reunión de expresidentes con Piñera.

Gradualismo

Pese a contar con promotores en Bolivia y Chile, el gradualismo ha sido en general menospreciado, quizás por su escaso encanto proselitista, pero tal vez ésa sea ahora su virtud. Futuros acuerdos pueden sortear de inicio el espinoso terreno de la soberanía, siempre que despejen y no clausuren horizontes  más ambiciosos, en manos de generaciones que tengan a su favor relaciones más sólidas y una menor desconfianza. Ésta puede desatarse por pasos, encarando las preocupaciones regionales de Potosí en Bolivia, del norte de Chiley de Tacna en el Perú, y las de seguridad que ocupan a influyentes sectores de los tres países. Obrar más como el Perú, capaz de demandar a Chile y hacer que el autor, Alan García, sea condecorado en Santiago. Un nuevo camino, si se quiere, pero anclado en referentes realistas, que se nutra de la desilusión para aprender.

Y abandonar de una vez lo que predijo el negociador boliviano Mariano Baptista, en media Guerra del Pacífico, en la conferencia del Lakawana. Él previno lo que ocurriría si la fuerza prevalecía. En un escenario de “vencedores y vencidos”, decía Baptista, los últimos abrazarían “la sorda tarea del desquite”, mientras los primeros se afanarían en “la estéril tarea de impedirlo”.

Es hora de poner fin a esa dinámica y conjurar estas disputas centrales para nosotros, aunque no lo son en el concierto mundial. Esas querellas que nos impiden dejar de ser una colección de países pequeños, presas de los vaivenes de los que sí han sabido consolidar su historia y su poder. (Gonzalo Mendieta - PAGINA SIETE)

31/03/2019 #NUESTROMAR

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